por Graciela Labale
Un romance bien debute: casi una autobiografía lunfarda
El pebete nació por el 21 en la catrera de un convoy de la calle México, en el barrio de Monserrat, que sus viejos alquilaban a una copetuda de Barrio Norte, que empilchada de lujo, sabía llegar puntualmente cada principio de mes, a la hora de la biyuya.
Era hijo de madre madrileña, de buen potaje, y de un padre del que nunca se pudo saber su origen, sólo que había sido criado por unos cuervos de la Recoleta, lo que le daba cierto dique bacán. Muy encajetados, se fueron a vivir a aquel inquilinato con zapies de techos altos, biorsi y cocina al dofón y un patio, donde pasaba casi todo lo que ocurría en el rioba y en el que los rojos malvones competían con los labios carmesí de las muchachas cuando se emperifollaban para ir a la milonga, mientras las doñas cotorreaban por una vecinita atrevida que se vistió “de blanco después que pecó”.
Este muchacho un poco atorrante, que de pibe quería ser canilla, tenía pretensiones de cantor de tangos y se hacía llamar “Alberto Ferrari”. Y fue en una de esas presentaciones durante los bailongos de carnaval, en el Centro Asturiano, cuando se topó con una pebeta de Balvanera.
Ella era hija de dos tanos calabreses que cruzaron el mar en la bodega de un barco para escapar de la mishiadura de la Primera Guerra Mundial. Una vez casado como Dios manda, fueron a parar de caseros y porteros a una escuela de Alsina y Alberti, en la Capital.
Acostumbrados a estirar el puchero, siempre había un lugar para uno más en la mesa en la que además tejían el sueño de que sus pibes llegaran a ser “dotores”. Nacida en el 26, la hija de ese matrimonio, la “Flora”, consiguió el primer título de la familia, “Maestra Normal Nacional”. Ya ejercía en algún andurrial porteño, cuando fue que por la habilidad para enredarse en el 2 por 4, la pasión tanguera y el chamuyo de ambos que se engayololaron en un noviazgo, atentamente custodiado por el botón de la esquina, desde la garita en la que dirigía el tránsito.
Hasta el casorio, con fiesta en el patio de la escuela, azul de jacarandás, no pararon.
De aquel romance bien fetén, nació una purreta. Esa purreta, que por estos días está cumpliendo 68 pirulos, soy yo. Y después me preguntan por qué soy una percanta tan arrabalera!