Una panza no es un pizarrón donde se pueda escribir y mucho menos con un punzón.
Una olla es un lugar.
Una olla es una abuela que llena de aromas y sabores la cocina, es una suerte de ronda alrededor de la comida que luego se compartirá.
Adentro de la escuela, en la cocina, hay mujeres que le ponen amor a esa olla.
En realidad, los pueblos, a lo largo de esta corta historia sobre la tierra, han sabido condimentar la vida adentro de ollas.
Por eso me pregunto y les pregunto: ¿quiénes son capaces de lastimar a personas que preparan comidas adentro de ollas que luego compartirán con los que tienen hambre?
Ayer en voz baja, en un supermercado de Castelar, una joven que trabaja en el sector de panadería me dijo: ‘A la noche, alrededor de las 22 horas, cuando salgo de acá, he vuelto a ver niños revolviendo la basura en la estación de Morón, como hace rato no veía, buscando algo para comer’.
Me lo dijo en voz baja.
Cuando la miré a los ojos, sin conocer siquiera su nombre, me sentí caer en un abismo de tristeza.
Cuando me fui, pensé en las ollas adentro de las casas, no afuera en calles o esquinas; me quedé pensando en refugios, como los abrazos o las manos tendidas.
Y se me vino de golpe la maldad, la crueldad, la ceguera, el frío, la indiferencia, todo lo que como humanidad vamos perdiendo aceleradamente.
Ser argentino es sufrir, es estar triste, es chusmerío estéril, es renegar exageradamente por Facebook, maldecir, tener dos, tres celulares, cuentas en redes sociales, destruir… ¿es eso?
¿Es pensar sólo en la plata y nada más que en la plata? Un gobierno ¿puede manejarse así y fijar sus metas sólo en esos parámetros?
¿Qué pasó?
Se fue Tito Ramos, capaz alguien que lea esta columna no lo conoció, era un tipo de la cultura local que trascendió lo local. Y también fue padre y abuelo.
Siempre decía que hay que hacer cosas y apasionarse, que eso es la vida.
La vida.
Ollas sí
Por Víctor Koprivsek