Puede una gota de lodo sobre un diamante caer, puede también de este modo su fulgor palidecer. Pero, aunque el diamante todo se encuentre de fango lleno, el valor que lo hace bueno no perderá ni un instante. Y ha de ser siempre diamante por más que lo manche el cieno. Déjenme decirles que nosotros vivimos en ciudades que cantan, cantan y ríen y cuentan sus historias viejas, anécdotas de abuelas y nietos, de trabajos y oficios, no es tan difícil ni tan sofisticado el recorrido de quiénes somos. Venimos de una aldea hecha de infinitas constelaciones donde las madres aún esperan, en el recuerdo de otoño, con sus platos repletos de guisos ancestrales y con sus manos tibias, nuestro regreso al mediodía. Una aldea donde por las noches había que refugiarse en tugurios para encender la poesía mientras la música se volvía cimiento de identidad, espacio de libertad casi sagrado. Entonces soñábamos con llegar a los 40, apenas eso. Y Dios nos bendijo con mucho más.
Hay familia y hay hijos, hay oficios hechos de palabras, libros, diarios, portales de noticias, hay un mundo de sencilleces que, a veces en bellas ocasiones, se resumen con un fuerte abrazo de amigo o con un apretón de manos mirando a los ojos. Rubén Darío fue un poeta que además ejerció el periodismo y llegó a ser diplomático nicaragüense. La historia, que trasciende y escribe en letras de piedra sobre las páginas de la humanidad lo que realmente perdurará y quedará del hoy, otorga a este buen hombre el sitio de “Padre del Modernismo Literario” de la lengua hispana, cuya influencia atravesó toda la poesía del siglo XX.
El primer párrafo de este Soy Mano, resaltado en negrita, es uno de sus poemas, titulado “La calumnia”. Redimir y enmendar, ya no como personas y seres individuales sino como sociedad y conjunto, aquello que tanto daña y lastima es tan necesario como el pan y el agua. Quienes nos interesamos de la cuestión pública, ya sea por nuestros oficios o por iniciativa del ejercicio ciudadano, sentimos una profunda tristeza al ser testigos de actos de difamación como los sufridos por colegas de la prensa local y dirigentes políticos opositores al gobierno de turno. Y nos solidarizamos con nuestros vecinos y amigos, brindando nuestro apoyo y acompañamiento, porque así somos y así nos enseñaron nuestros mayores.
Esa aldea no murió. Es tiempo de que lo mejor que tenemos, esos valores de comunidad que definen nuestra identidad verdadera, se fortalezcan: respeto, familia, solidaridad, compañerismo, amistad, confianza, cultura. La red de contención debe ser más fuerte que nunca. Dios nos ayude.
No cambiemos
Por Víctor Koprivsek