Hace unos años, tuve que desarmar la casa de la infancia, la casa donde mi madre vivió hasta sus últimos días. Encontrar álbumes, fotos, pañuelos, chalinas, perfumes, cartitas de alumnos, el cuaderno donde escribía los discursos de escuela, sus innumerables blusitas, amaba las blusitas, mi vestido de primera comunión, los “hot pants” de la adolescencia, léase mini shorts actuales y hasta el mechoncito de mi primer corte de pelo, juguetes, recuerdos y más recuerdos, no fue nada fácil.
Es difícil dar un destino a cada cosa que con tanto amor se atesoró. Beneficios y cargas de hija única. Fuerte, muy fuerte fue resolver aquello. Aunque la vida, siempre la vida, se disponía otra vez a enfrentarme con una nueva encrucijada. Decidir qué hacer con los restos mortales de mi viejo, fallecido hace 32 años.
Cosas que seguramente a todas y todos los que leen esta columna les ha pasado alguna vez. Por eso lo comparto. Tal como lo hice en aquella oportunidad, cuando escribí una columna titulada, creo, “Desarmar una casa”, va este relato al que llamé “La última tanguedia”.
“En la quietud atroz del cementerio, cerquita del bronce de un Gardel de eterna sonrisa, entre flores ajadas y tumbas de olvido, fue donde me dijeron que estabas, ahí, en esa cajita amarronada, en ese puñado de cenizas irreconocibles, aún tibias, que tan cuidadosa abracé.
Y estabas ahí, como quien no puede escapar de lo inevitable, girasoleando recuerdos. Pude reconocerte, erguido como siempre, singular, discutidor, interpelando ideas ya agrietadas.
Y estabas ahí, con la profundidad de tu mirada melancólica y empecinada, faseando interminables humos nocturnos, que estiraban tu último whisky con la bohemiada orillera, silbando una milonguita arrabalera de manos en los bolsillos, embandoneonando nostalgias de 2 por 4.
Y estabas ahí, y yo también estaba, pero pequeñita, buscando el hueco de tu mano para escalar hasta el más alto y crujiente tablón del viejo estadio de Humbolt y Muñecas.
Y estabas ahí, con tu silente calor. Y yo también, pero ahora de la mano incondicional de mi hijo, en un frío mediodía con sol de otoño. Los dos te llevamos a encontrar tu destino final, el río que tanto amaste, que con Piazzolla, te recibía después de tu postrer viaje.
Y estabas ahí, entre el rumor del agua, decidido a terminar tu última tanguedia.”
La última tanguedia
Por Graciela Labale