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Soy mano

Un dolor eterno

Por Graciela Labale
Por Redacción Pilar a Diario 24 de marzo de 2018 - 00:00

Ya son muchos los 24 de marzo que espero en Vigilia. Ya son muchos los 24 de marzo revividos desde esta columna. Ya son muchos los 24 de marzo que me atraviesan como una herida que nunca cicatrizará. Ya son muchos los 24 de marzo que camino con la familia y amigos junto a Ellas. Ya son muchos los 24 de marzo en los que me abrazo con todas y todos los que sufrimos un mismo dolor. Pero es el primero en el que me animo a compartir textos propios escritos en el contexto del taller de Escritura Creativa de IntegrArte que coordina la profe Mariela Palermo. En este grupo trabajamos distintas temáticas a partir de diversos disparadores. Una frase, un poema, un autor o simplemente una sola palabra alcanzan para dar rienda suelta al placer de escribir. Y fueron varias las oportunidades en que estas vivencias tan recurrentes aparecen en mi producción. Qué se yo, les confieso, resulta imposible zafar, tampoco quiero. Ante la palabra LIBERTAD se me ocurrió algo que llamé “Tu última carencia”: uno puede ser libre aún en los lugares más truculentos. Dedicado a Ana María Baravalle, embarazada, desaparecida junto a su compañero Julio César Galizzi. Con su madre Mirta Baravalle, que camina cada jueves, seguimos buscando a su hija o hijo nacido en cautiverio.
“Vi tus huellas entre los muros sombríos. Oí el silencio de aquel cuerpo torturado. Palpé tu mano tendida rozando el vientre amado. Sentí tu gemir y el llanto de un niño nacido.
Supe de botas, grilletes y verdugos. Fui libre de amarte en aquel infierno amurallado”.

O en aquel otro encuentro en que la consigna era escribir sobre los ríos. “Río Marrón” fue el título de mi relato. El río como sepultura, no como final.
“El río marrón, ese de los veranos adolescentes en Olivos, guarda ausencias tempranas. Ya no sonrío recordando viejas anécdotas. Duele demasiado. Se estruja el alma con un tormento que no tiene fin. Cuando camino sus orillas, con el rumor del agua, puedo oír voces amadas que acallaron las bestias. A veces, en la mansedumbre, los veo mecerse en la oscuridad del lecho, como en un regazo de Madre. Pero si la Sudestada, ese viento del sur del mundo, sacude el sosiego de la eternidad, logro vislumbrar sus siluetas que se yerguen entre el oleaje brutal. Es que jamás podrán amortajarlos… aunque haya más penas y olvidos”.
 

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