Sintió un malestar en el estómago y pensó: algo que comí me cayó mal.
Se miró al espejo. El espejo siempre resuelve por nosotros.
Esa mañana percibió de una forma muy especial el agua entre sus manos, fresca y límpida. Lavó su cara y cepilló sus dientes.
La primera poesía que vomitó tenía palabras incandescentes, de sonido seco, como rastrojero, reloj, pájaro y rabia.
No entendía qué estaba pasando y pensó que alucinaba de fiebre. El sudor en su frente y los retorcijones en el abdomen no lo dejaban razonar.
Se acostó un rato. El tiempo que lleva sin trabajo tampoco ayuda, son horas de sentirse un inútil. Tiende la cama, prepara la comida para sus hijos y su esposa, corta el pasto. Pero no alcanza. Es una batalla silenciosa y despiadada ser un desocupado sin horizonte ni proyectos.
Volvieron las ganas de vomitar.
Esta vez se fue al patio de atrás y vomitó en el pasto. Ahí pudo leer claramente lo que decía el nuevo poema. Las arcadas siguieron, pero no salió nada más.
El hombre se quedó mirando un rato, las palabras estaban rellenas de algo, tenían cuerpo pero no se animó a tocarlas. Seguían temblando sobre el pasto debajo de la Santa Rita cubierta de flores extremadamente fucsias.
El contraste era violento, lleno de contradicción. La belleza de la naturaleza, el canto de los pájaros en la mañana, el cielo cargado y sobre el pasto un poema hostil, endureciéndose como lava que de a poco se convierte en roca al contacto del aire.
Cuando llegó su familia, lo encontró tirado en medio de la cocina tiritando de fiebre, en las paredes había más poesías clavadas que chorreaban barro.
Mientras tanto, al otro lado del muro, perdón, el mundo; un presidente inaugura una clínica privada y un hotel cinco estrellas. Habla de los turistas que podrán acceder a las nuevas tecnologías en salud y al buen descanso.
De este lado, dicen que hay más gente que está empezando a vomitar poesías, que es una especie de virus. Pero el hospital público está un poquito complicado y no dan con el diagnóstico preciso.