Sí, me duele la espalda, duele mucho. En este envase único que tenemos desde que nacemos hasta que morimos, quizá sean, al menos para mí, la espalda y los pies, los que más padecen el maltrato al que los sometemos. Cargamos carteras, mochilas, libros, cargamos nuestras cargas y en ocasiones también las de otros, cargas personales, cargas por lo que nos rodea, cargas por angustia, temores y desesperanza, cargas… cargas. Hasta que la pobre espalda colapsa y ahí arrancamos con analgésicos, antinflamatorios, masajes y un diagnóstico irreprochable: tensiones y contracturas de los pies a la cabeza.
Me duele la espalda
Por Graciela Labale
Días duros si los hay, al menos para los que vamos por los 60 y pico y nos ha tocado vivir, ver, sobrevivir a situaciones durísimas. Días de lluvias intensas que inundan todo y dejan al descubierto aún más, necesidades básicas eternamente insatisfechas. Días donde en Pilar muere una niña de 14 años al dar a luz, dejando a un bebé en manos de su abuela. Días viendo cómo se divide en mil pedazos una sociedad a la que cada vez le cuesta más respetar al otro, la opinión de otro, el hacer del otro. Una sociedad repleta de opinólogos de redes sociales que repiten y repiten sin cuestionar, sin analizar, sin darse la oportunidad de profundizar más allá de lo que dice su computadora personal. Días donde en democracia desaparecen a un ciudadano, Santiago Maldonado, y nadie se hace cargo, nadie le da una respuesta a su familia, en un país donde la palabra "desaparecido” tiene tan dolorosa connotación y en el que hace más de 40 años venimos reclamando por los que nos faltan.
Y así vamos cargando la espalda. Sólo poner en palabras lo que nos pasa puede alivianar el dolor que todo esto nos causa. Por suerte soy de las que me atrevo a escribir y a compartir las palabras a sabiendas que hay muchas y muchos que sobrellevan las mismas cargas y el mismo dolor por los ausentes.
AUSENCIAS/PRESENCIAS
Ausencias que son presencias.
Ausencias que resisten a la muerte inexorable.
Ausencias que son presencias en aquellos retratos eternamente jóvenes.
Ausencias sin tumbas.
Ausencias que son presencias por tanta idea contenida;
por tanto sueño adormilado,
por tanta bronca anudada,
por tanto puño levantado,
por tanto horror a la intemperie,
por tanto 21 de septiembre sin tu rosa,
por tanto pañuelo blanco en una ronda sin fin.
Ausencia de 30.000. Presencia de 30.000.
Ausencias que se vuelven mariposas.