1.
El olvido
Guardó el tejido porque se estaba acercando a la parada. Llovía. Había llovido toda la noche. El amanecer se veía tan lejano como algo a lo que uno ha decidido no seguir esperando. ¿Pasaba lo mismo con su memoria? Se bajó del colectivo. Estuvo un momento al amparo de un balcón hasta que pudo abrir el paraguas. Caminó por la cortada hasta que llegó a la avenida. Antes de cruzar dejó que pasara un grupo de personas que salían del subte. Desde lejos vio, sin sorpresa, que la persiana del bar estaba todavía cerrada. Miró la hora y pensó que Omar, el dueño, llegaría en menos de dos minutos. Fue esta pequeña reflexión, en realidad, la que le provocó el asombro. ¿Por qué ese lugar, el resplandor amarillo de las luces en la vereda, el final de la madrugada, la certeza del horario en que Omar llegaba todos los días a abrir el bar donde ella trabajaba, le resultaba tan familiar?; ¿por qué todo eso, toda su vida cotidiana se preservaba intacta en la memoria, y lo demás, casi todo lo demás, lo había borrado el olvido?
A unos metros vio a Omar que se acercaba caminando. Intentaba cubrirse la calvicie con la carterita de mano. Siempre la lleva debajo del brazo derecho, pensó; pero hoy la lluvia…
-Qué mañanita, Silvia, qué mañanita… -le dijo y ella sólo sonrió y no contestó nada.
En estas últimas semanas, en que había empezado a fallar su memoria, se había acostumbrado a no hablar, o a contestar con frases cortas, siempre acompañando la intención que llevaban las palabras de los otros. Tenía miedo de equivocarse, de decir algo y revelar, de pronto, lo que le estaba pasando.
Prendió las luces del salón. Acomodó sus cosas debajo de la barra. De la cartera mal cerrada asomaba, en los colores naranja y verde pálido, el tejido que había comenzado aquella misma mañana. ¿Qué estaba tejiendo? Todavía no lo sabía. También la asombraba el hecho de que sabía tejer. ¿Había tejido siempre? Cuando encontró las agujas, en un tubito de plástico que había en el primer cajón de un mueble viejo, al que estuvo revisando cuando exploraba el sótano de su casa, en Villa del Parque, lo primero que pensó fue que las agujas no eran suyas. ¿Y la casa? No sabía que había un sótano, que la habitación cerrada con llave, la que no pudo abrir hasta hacía sólo un par de días, cuando encontró un llavero escondido en el interior del jarrón cerámico que estaba en la cocina, adornando y dejándose adornar por una salamandra vieja, era la habitación de su hermana que vivía en Santa Fe.
Prendió la computadora de la caja. Puso algo de música en el aparato de audio y saludó a Orlando, el mozo, que entraba quejándose del estado de las veredas.
-Hay que caminar como si jugaras a la rayuela, Silvita –le decía, con una mueca en la cara que se balanceaba entre la sorna y el enojo –…a los saltitos.- Y colgó el impermeable en la ménsula que sostiene el estante donde está el aparato de audio, y desde donde la música ahora surgía, cadenciosa, lenta, casi acompañando el ritmo pausado con el que el viento empujaba las gotas de lluvia.
Recibía, en el teléfono, mensajes que le enviaban desde Santa Fe su madre y su hermana. Ahora contestaba con un poco menos de miedo. La primera vez que su madre le escribió, preguntándole si viajaría en el verano para visitarlas, ella descubrió, por primera vez con algo de espanto, que no las recordaba. No acordarse de algunas obligaciones, de ciertas costumbres, de la cara de personas a las que conocía, del lugar a donde había ido al colegio, todo eso, y muchas otras cosas, estaba dispuesta a soportarlo, pensando tal vez que se trataba de una crisis pasajera, provocada por un estrés del que no conocía su origen ni sus causas, pero el hecho de no recordar que tenía una hermana y una madre, la sumergieron en un estado depresivo que le duró unos cuantos días.
Antes de contestar los mensajes, entonces, tuvo que revisar las conversaciones precedentes para ver cuál era la mecánica, el ritmo de los diálogos anteriores. No quería que se preocuparan por ella. ¿Por qué no había ido a ver a un médico? Seguía pensando que se trataba de una crisis pasajera.
Se puso a revisar, en la computadora, los números de la caja del día anterior. Algunos clientes ya ocupaban las mesas del salón. De pronto alguien pronunció, de pie al lado de la puerta, su nombre:
-Silvia –dijo una voz de hombre. Ella levantó los ojos del monitor para mirarlo.
2.
Era Andrés. Según él, ellos habían sido pareja hacía muchos años. Ella no lo recordaba. Igual hacía como con todo lo demás; acompañaba, asintiendo de manera discreta, la intención que llevaban las aseveraciones del otro.
Andrés empezó a venir todas las mañanas; a veces llegaba antes que Omar y que ella. Tenía la esperanza, las primeras veces que conversaron, de que gracias al relato que él hacía de su pasado, del pasado de los dos, se pudieran disipar las sombras con que el olvido, de pronto, había cubierto casi toda su memoria.
Una tarde, al llegar a su casa, vio la explosión de un rosado intenso en la multitud de repentinas flores que el anuncio de la primavera, de pronto, había hecho aparecer, prematuro, en un duraznillo de jardín que había junto a la ventana de la cocina. Se quedó de pie al lado de la planta. No eran las flores, ni el delicado formato de los pétalos minúsculos lo que de pronto la impactó, sino el decreciente influjo del perfume al que el viento parecía querer llevarse a cada instante. Se disipaba, débil y difuminado, junto con la sensación de pequeños indicios que iban degradándose, veloces, hacia el diagrama borroso de una memoria imposible.
Esa noche le pareció que sus recuerdos volvían. Soñó con una nena que golpeaba la puerta de su casa y le traía flores. ¿Era ella esa nena? De pronto se despertó, sobresaltada. Se dio cuenta de que no sabía cuántos años tenía. Fue hasta su cartera y buscó, algo nerviosa, sus documentos. Allí estaba el día de su nacimiento. Nada le decían esos números ni esa fecha.
Andrés le contaba los problemas que tenía en su casa. Se trataba, como comúnmente pasa en los matrimonios de tantos años, y cuando los hijos se hacen grandes, de un natural desgaste que comienza a manifestarse en distancias y en desapegos. Parecía vencido. No veía, en el intrincado laberinto donde él solo se había ido metiendo, una salida que pudiera salvar la pareja.
De a poco, y casi sin darse cuenta, empezó a pensar que su problema de memoria podía ser algo bueno. A lo mejor se trataba, pensaba, después de las breves conversaciones donde los dos se insinuaban cosas que implicaban un riesgo sentimental (riesgo al que difícilmente ninguno de ellos podría hacerle frente), de una oportunidad para empezar de nuevo. Dejar el pasado donde estaba.
Había un alivio, el final de las tensiones con que ella se exigía en sus batallas contra el olvido, detrás de esos pensamientos.
Entonces se dijo que, si el matrimonio de Andrés estaba terminado, ella podía dar el paso que apresurara las cosas. Una mañana lo invitó a que conociera su casa en Villa del Parque.
Era eso, en definitiva, la vida, la persecución del horizonte. En ese breve futuro, en ese universo de posibilidades que los días proponían, incansables, y sin el apego a las voces que, desde el remoto pasado tironeaban hacia atrás, era donde radicaba el alivio de vivir, donde encontraría, al fin, la paz.
Por supuesto que estos pensamientos duraron poco. Además de saber, de entender que la vida no funcionaba de esa manera, supo también que se trataba de una solución enormemente injusta. No es posible tener una vida sin historia, sin el sentido compromiso por quienes fuimos, y por quienes contribuyeron, con los lazos que supimos tejer junto a ellos, a edificar la siempre incompleta persona que somos, que seremos siempre.
La mañana siguiente a su invitación Andrés no vino al bar. Dos días después recibió un mensaje suyo en el teléfono. Volví con mi mujer, decía.
En ese breve, minúsculo instante, imposible de mensurar porque está formado con el denso espacio que existe entre un segundo y otro, ella lo recordó todo: los ojos de su madre dejando caer una lágrima la noche en que la larga enfermedad se llevó por fin a su padre; su mano de nena apenas levantada tratando de secar esa lágrima; la luz de un atardecer iluminando su cuarto a través de unas cortinas amarillas; el cauce maso y silencioso del río en el pueblo de Santa Fe donde pasó la infancia; el inquieto, desordenado ímpetu con que el viento empujaba los cabellos de su hermana mirando sin ver la llanura una tarde de desamparo y de tristeza; un perro que tenían cuando eran chicas; la noche en que se mudó con su hermana a la capital, primero a un departamento y después a Villa del Parque; la mañana en que descubrió la casa vacía porque vivía sola. Se acordó de Andrés, el daño que el tiempo les había hecho, el día que decidieron alejarse. El casi idéntico aroma que tenían las flores de un ciruelo viejo, que había en el campo de Santa Fe, con el duraznillo que hay junto a la ventana de su cocina. Era su hermana, ahora lo sabía, la niña que en el sueño golpeaba a su puerta y le traía flores.
Estaba allí, por supuesto, mezclada entre esas y otras imágenes que brotaban incansables de su memoria, entrelazada como las hebras de un tejido que todavía no tiene forma, que no va todavía a ninguna parte, siempre en desorden, palpitante, su vida entera. l