por Graciela labale
Soy mano: La casita del hornero
Ni bien llegué a la casa de mis amigos del alma, ex vecinos de Del Viso, Pamela, Tincho y sus niños, Antú y Aucán, el poema de Leopoldo Lugones que aprendí leyendo el viejo libro de 1er. grado atropelló mi memoria.
"La casita del hornero / tiene alcoba y tiene sala. / En la alcoba la hembra instala / justamente el nido entero. / En la sala, muy orondo, / el padre guarda la puerta, / con su camisa entreabierta / sobre su buche redondo. / Lleva siempre un poco viejo / su traje aseado y sencillo, que, con tanto hacer ladrillo, / se le habrá puesto bermejo.
Elige como un artista / el gajo de un sauce añoso,
o en el poste rumoroso / se vuelve telegrafista. / Allá, si el barro está blando, / canta su gozo sincero. / Yo quisiera ser hornero / y hacer mi choza cantando. / Así le sale bien todo, / y así, en su honrado desvelo, / trabaja mirando el cielo / en el agua de su lodo. / La casita del hornero tiene sala y tiene alcoba, / y aunque en ella no hay escoba limpia está con todo esmero.”
Ellos, con sus propias manos, desde un profundo compromiso con la naturaleza y el medio ambiente, lo hicieron posible.
En Bariloche, más precisamente en la Península de San Pedro, cuando ya eran papás de su primer hijo y viviendo en una pequeña cabaña, que habían comprado enamorados del lugar, rodeados de montañas y vegetación nativa, siendo muy jóvenes, comenzaron a soñar con levantar una casa con lo que ofrecía el entorno, sin ocasionar daños, volviendo a prácticas ancestrales y aprovechando materiales de desecho. Discutieron, analizaron, estudiaron los pro y los contra, se relacionaron con personas que ya estaban construyendo de esa manera hasta que finalmente en 2011 se pusieron manos a la obra.
Con unas 75 ruedas de automóvil, más de 10.000 botellas de vidrio, algunas hasta con versos adentro, tierra y la ceniza del volcán Puyehue, más un poco de material convencional, hicieron la platea en la que diseñaron una casa de dos plantas. Después llegó el turno de las paredes. Ahí fueron a parar botellas plásticas con basura seca (papeles, cartones), juguetes rotos, filtros de aire, envases tetra-pack, sostenidos con troncos, madera y caña Colihue, recuperados del lago o el bosque junto al adobe, amasado con las manos de muchos. Utilizaron aberturas usadas y restauradas y para el revoque grueso: pasto seco, arcilla, arena comprada y hasta el suero del queso que ellos fabrican; para el revoque fino: engrudo, aceite de lino, bosta fermentada, arcilla, arena, cal y otra vez el suero. La pintura, también ecológica: cal, agua, mucílago de la planta Diente de León, sal, cola de carpintero, cemento blanco y el color cálido que da el Ferrite. Emplearon materiales convencionales para el techo de chapa y las instalaciones de electricidad, gas y agua. Recortes de mosaicos y espejos desechados fueron a parar a pisos y paredes de baño y cocina, ahhh y unas 150 cubiertas de bicicleta aíslan los pisos de madera de los dormitorios y biblioteca instalados en la planta alta. Para la decoración e iluminación no faltaron las damajuanas, las piedras, los muebles viejos y hasta los envases pequeños de perfume. Todo lo que vino a parar a sus manos lo convirtieron en belleza. Allí viven desde julio de 2015 y allí, en la casa de los duendes, pasé mis últimas vacaciones, en medio del asombro, aprendiendo y cobijada por calidez de amigos tan queridos.