Hizo falta un vuelo cancelado en Aeroparque. Salimos 24 horas después, empresa Andes.
Mujeres cargando el mundo en sus espaldas
por Víctor Hugo Koprivsek
Hizo falta La Quiaca y Villazón. La frontera descolorida. Algo gris.
Hizo falta ver La Paz sin alcanzar a verla de tan grande. Millones de casas coloradas, encimadas entre escaleras y laberintos, trepando cerros, multiplicando las márgenes infinitas.
Cuánta gente yendo y viniendo.
Cuántas combis enredándose en las calles enlazadas.
Hizo falta Coroico, sus vueltas, el agua cayendo de las montañas, espumosa.
Seis días, con el Dakar incluido, tardamos en llegar al lago más alto del mundo, ubicado en Bolivia.
Hubo lluvia sin tormenta. Hubo millones de mujeres cargando el mundo en sus espaldas. Collas calladas con sus telas superpuestas y sus rostros curtidos.
Y así fue que llegamos. Y por la tarde, ya frente al inmenso espejo, con el crepúsculo cayendo y recibiéndonos exhaustos, vimos surgir del agua sagrada los dos cuerpos desnudos, marcados y esbeltos.
Mama Ocllo y Manco Capac volvían a encontrarse para siempre.
Y al irse el sol con sus últimos rayos, y reflejarse la luna entre los botes quietos, ellos se amaron.
Se hundieron el uno en el otro, majestuosos. Y cada caricia era como si la tierra se abriera rasgada en surco.
Hubo nubes a lo lejos, en el horizonte de montañas, partían el cielo los relámpagos, pero sin ruido. Sólo sus labios susurraban las palabras del deseo y los nacimientos.
Ellos, que parieron una estirpe derrotada a espada y sangre. Ellos que vieron morir a sus hijos amados se fundían otra vez a orillas del gran Titicaca en la altura máxima del agua y de la vida.
Los cuerpos tensados, las miradas duras y tiernas encontrándose en la noche esperada. Y al sentir el último espasmo, ella, que estaba arriba arqueada bajo la noche llena, cayó sobre su pecho y el dios Inca, suntuoso, respirando la fragancia de su pelo negro otra vez, tan cerca de su rostro adusto, se permitió por un instante mirar alrededor y ver las edificaciones nuevas, las luces parpadeantes de una ciudad llamada Copacabana.
Y no volvieron al lago, alzados y con los ojos inyectados de sangre, tomaron el hacha y el trigo y avanzaron por las calles atestadas de turistas y colectivos y cuerpos doblados por el sometimiento y la sumisión.
Y las sombras de los muertos y las muertas los siguieron.