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Barbarie

Por Redacción Pilar a Diario 12 de junio de 2016 - 00:00
de Mauro Peverelli  A la memoria de mi tío Oscar


La primera vez que di con el nombre de Marcos Ontiveros fue en el invierno de 1987. Encaraba una investigación sobre la Zanja de Alsina y buscaba, en la hemeroteca de la vieja biblioteca del Congreso, algunos datos sobre la muerte de aquel ministro de guerra del presidente Avellaneda. Promediando la década de 1870, Alsina se había propuesto extender la frontera con el indio mediante la construcción de una zanja que uniera las fortificaciones e impidiera el ingreso de los malones que asolaban las regiones desprotegidas al sur y al oeste de la llanura. Lo que en verdad molestaba a las autoridades era el robo del ganado. Las pérdidas en números de cabezas vacunas eran fabulosas y se buscaba ponerle fin de cualquier manera. Casi al principio de la ejecución de tan disparatado emprendimiento (una solución medieval para los problemas de un país que se pensaba a las puertas de la modernidad), y cuando el proyecto estaba dando las primeras señales de inutilidad (los indios sorteaban el problema llenando el foso de vacas y hacían pasar el resto del ganado pisoteando a las de abajo como si la zanja no existiera) Alsina se enferma gravemente y muere en diciembre de 1877. Lo que vino después fue tan despiadado como eficaz. Pusieron a Roca en su lugar. Importaron fusiles Remington de Estados Unidos. Exterminaron a los pueblos originarios. Y repartieron las tierras entre quienes habían financiado la expedición.
Mi hipótesis era que al ministro Alsina lo habían sacado del medio para darle paso al proyecto de Roca. No recuerdo ahora si fue en El Mosquito, o en El Diario (publicaciones de la época) del día siguiente a la muerte del ministro, y mientras leía las vicisitudes renales que habían terminado con su vida, donde vi el borroso daguerrotipo con la cara todavía joven de Marcos Ontiveros. Ilustraba una nota que se titulaba: El hombre de las mil historias. 
Entre un profuso anecdotario, narrado en tercera persona por un cronista del que no se conservaba la firma, me llamó la atención aquella que le adjudicaba a Ontiveros el haber derrotado al mejor y más legendario payador de las pampas argentinas. Faltaba toda una segunda columna del periódico donde seguramente se nombraba a dicho payador. Me levanté de mi asiento y le pregunté, al empleado de la biblioteca que me había conseguido el material, si no había alguna copia de ese diario porque aquel estaba dañado. No, me dijo, y se puso a hojear los números encuadernados del periódico. Los están microfilmando y se estropean… mire, aquí también faltan algunos pedazos; y me señaló una hoja que sólo se conservaba por la mitad. Se rompen en los viejos dobleces y se desprenden; algunos recortes se los llevan los lectores a escondidas.

Debo también a la casualidad, y a una edición de 1941 del Cancionero del tiempo de Rosas, publicado por la editorial Emece y compilado por José Luis Lanuza, mi encuentro con el historiador y poeta Emilio Arolas. Los dos esperábamos, en la caja de una librería en la Avenida de Mayo, a que nos cobraran ese mismo libro que estaba, en oferta, en una mesa de saldos. Don Emilio me vio con mi ejemplar en la mano y me preguntó si era músico. Le dije que no, que simplemente me interesaban esa época y esos temas. Es una pena, me dijo cuando ya estábamos en la vereda; hace años que busco preguntarle a alguien, que entienda del asunto, por qué la música argentina jamás revivió un género como el de los Cielitos Patrióticos. Una lluvia un poco molesta nos mantuvo parados en la entrada de un edificio. Si bien sus letras tienen una fuerte carga política, siguió diciendo, la melodía es profundamente argentina, tiene el embrión de un lamento que después aparecerá acabado en las milongas sureras y por fin en el tango. Cuando paró la lluvia seguimos caminando. Don Emilio hizo unas consideraciones sobre el clima y después me dijo que tenía un libro de Álvaro Barros que hablaba sobre la frontera con el indio en el siglo XIX. Si bien no es santo de mi devoción, dijo refiriéndose a Barros, tiene alguna documentación que a lo mejor puede serle útil. Me dio una tarjeta con la dirección de su estudio y se perdió por las escaleras del subte.

Un par de meses después, y empujado más por la curiosidad que por el curso de mi investigación. Llegué hasta el estudio de don Emilio. Era en la calle Rincón, en la planta baja de una casona vieja de aquel barrio de Congreso. En el timbre del portero eléctrico figuraba el mismo enunciado de la tarjeta que él me había dado: Instituto de investigaciones históricas José Hernández. Tengo que confesarle que cuando me explicó quién era, hoy mientras hablábamos por teléfono, no conseguía acordarme de nuestro encuentro en la librería, me dijo; lo recordé cuando me mencionó el libro sobre la frontera.
Me estaba sentando, en una silla ubicada frente a su escritorio cuando, de entre la maraña de libros y revistas apilados en los estantes, a espaldas de don Emilio, y entre otras láminas y retratos, vi enmarcada una copia del daguerrotipo con la cara de Marcos Ontiveros. Me puse de pie y me acerqué a la imagen. Creí distinguir, antes de preguntarle por ella, una sonrisa breve y discreta en la cara de don Emilio. Él estaba cebando mates con un termo y me alcanzó uno en ese momento. Es Juan Sin Ropa, me dijo, el nombre que la leyenda le dio a Ontiveros cuando derrotó en una payada memorable a Santos Vega. De inmediato me di cuenta que le encantaba hablar de aquel tema. Usted conoce la historia… me dijo y miró hacia la ventana que daba a un patio casi repleto de plantas. Promediando la década de 1830, Santos Vega, en los pagos del Tuyú, lo que hoy es General Lavalle, fue el payador más renombrado, nadie podía vencerlo en la espontánea construcción de un verso o una cifra y cualquiera que lo desafiaba terminaba quedándose sin habla en una contienda con el gran payador. Simbolizaba la cultura gaucha. La leyenda dice que apareció un forastero, al que apodaron Juan Sin Ropa, que era el mismísimo mandinga según aseguraban los paisanos, y en una contienda que duró tres días y tres noches dejó por fin a Vega sin palabras.
Recuerdo que estuvimos toda esa tarde hablando de aquella historia. La línea de sombra que proyectaba la ventana, cuando llegué al despacho de don Emilio, daba en el volumen número dos de una Historia de América de Ricardo Levene; cuando me fui ya pasaba el número quince. ¿Qué es, en realidad, la barbarie?, se preguntó en un momento. La barbarie es haber matado una lengua, se contestó él mismo. Miraba hacia un punto indefinido en una pila enorme de libros que había sobre el piso. Aquel duelo terrible entre los dos payadores simboliza la muerte de la cultura gaucha, continuó diciendo; el contendiente de Vega, Juan Sin Ropa, o el demonio, representa el progreso que viene a terminar con las condiciones de trabajo y de vida de los gauchos. Por supuesto que después de esas fechas éstos siguen existiendo, pero ya nunca de aquellas antiguas maneras. 
La tarde fue avanzando. Los mates fueron remplazados por unas copas de coñac que después se repitieron de manera irresponsable. Don Emilio me contó que, según investigaciones que él mismo había encarado, Marcos Ontiveros había nacido y había pasado su infancia en los pagos de lo que hoy es General Madariaga, de padre español y madre inglesa, cuando el chico cumple los catorce años la familia se muda a Europa, más precisamente a la ciudad de Manchester, donde su madre tenía algunos parientes. Después de una enseñanza particular sus padres deciden enviarlo a Oxford, donde ingresa en la universidad. Allí se especializa en la filosofía presocrática. Estudia a Jenófanes pero sobre todo a Parménides. Deslumbrado por aquellos primeros pensadores que le dan base al pensamiento ontológico y científico del mundo moderno, estudia el poema de Parménides y queda prendado de su idea de que el Ser es increado y a la vez imperecedero, es absoluto, por ende es inmóvil y no tiene fin; no Fue jamás ni Será, dice Parménides, ya que Es ahora, en toda su integridad. Eso da por supuesto una idea de que también la materia y el tiempo son absolutos y a la vez infinitos e ilimitados.
Antes de cumplir los treinta años, no se sabe por qué, se vuelve al país que lo vio nacer. Pero no se queda en Buenos Aires. No se dedica a la investigación ni a la docencia (le sobraban condiciones para hacerlo), sino que se vuelve a su pago. No se sabe mucho más sobre él que un puñado de anécdotas un poco coloridas y exageradas. Don Emilio me contó alguna de ellas. Me confesó que siempre lo había intrigado por qué, alguien tan preparado, termina sus días entre gauchos y payadores. 

Cuando me fui de su estudio ya estaban encendidas las lámparas del alumbrado público. Las historias y las anécdotas se confundían en mi cabeza debido a los vapores del coñac y al ruido y las luces de la ciudad en movimiento. 

Años después, cuando, con algo de culpa por haber dejado pasar tanto tiempo, me acerqué a aquella casa para devolver el libro que don Emilio Arolas me había prestado, la encontré vacía. Ya no estaba el nombre del instituto pegado en el portero eléctrico y nadie supo decirme si éste aún existía.
Había empezado ya el nuevo siglo cuando, un octubre de días frescos pero hermosos, llegué en micro a General Lavalle. Iba en realidad a Mar de Ajó, a casa de unos amigos, pero el micro entró en Lavalle antes de llegar al Partido de la Costa. Me acordé que había sido por esos pagos donde había vivido Santos Vega. Recorrí el pueblo con mi bolso a cuestas. Era una mañana soleada y algo ventosa. El pueblo parecía detenido en el siglo XIX, o por lo menos yo iba dirigiendo mi atención hacia los lugares y las edificaciones que me inspiraban esa mirada. Estuve unos minutos esperando a que abrieran las puertas de un pequeño museo que había antes de llegar al río. Una vez adentro me llamaron la atención los enormes huesos de ballenas que habían quedado varadas en la boca de la ría de Lavalle. Me acordé de la novela de Güiraldes, cuando Segundo Sombra llega a este lugar y queda impresionado al ver los huesos de semejantes criaturas. De pronto me topé con una urna de bronce que tenía una pequeña cartulina donde estaba escrito: Aquí yacen los restos de Santos Vega. Pasé del asombro a la emoción en pocos segundos. La encargada del museo me dijo que el payador que había dado origen a la leyenda, había vivido y trabajado en una estancia cercana, que primero había sido de Gervasio Rosas y después de Sáenz Valiente. Cuando murió lo enterraron debajo de un tala, me dijo, como él lo había pedido. Su ataúd fue construido con maderas de antiguos naufragios.
Santos Vega fue retratado por inmensos escritores como Rafael Obligado, Joaquín V. Gonzáles, Hilario Ascasubi, entre otros. Hay un cuento brillante de Manuel Mujica Lainez que narra de manera magistral la derrota con Juan Sin Ropa.

Me fui de aquél lugar. Caminé hasta la plaza para esperar el colectivo que me llevaba hasta Mar de Ajó. Iba recordando, como no me había pasado hasta ese momento, la larga conversación que había mantenido, una tarde ya lejana en años, y sobre todos esos asuntos, con don Emilio Arolas en su estudio de la vieja casona de la calle Rincón. Cuando Marcos Ontiveros entendió, después de muchas horas, de días digamos, me había contado don Emilio, que le sería imposible derrotar al viejo payador, que poseía una imaginación florida y profunda como lo fue la antigua cultura gaucha, pensó en sus viejos estudios filosóficos; recordó a Zenón de Elea, que, con sus aporías, había sido quien mejor había ilustrado el pensamiento de Parménides; recordó aquella sobre Aquiles y la tortuga, que se puede graficar de la siguiente manera: si dirigiéramos un objeto hacia una pared, pero, para hacerlo llegar a su destino, el objeto debería recorrer primero la mitad del camino, y desde allí volver a lanzarlo sólo hasta la mitad del camino y así sucesivamente, el objeto nunca llegaría a la pared. Algunos investigadores se animaron a comparar esta aporía con el milagro que Jesús hace con los panes y los peces. Dadle la mitad a quien tienes al lado, le dijo Jesús a un hombre de entre la multitud, y que éste le dé la mitad a quien tiene a su lado. Partiéndolo siempre a la mitad el pan nunca se terminaría. Una hipótesis sobre que la materia sería divisible de manera infinita, ilimitada.

Las combinaciones lexicales con que se construye una lengua son infinitas, ilimitadas, pensó Ontiveros viendo que Vega era invencible. Pero no así el tamaño de los versos, concluyó. Entonces decidió lanzar el objeto hasta la mitad del camino a la pared. El ritmo contagioso de aquella melodía gaucha haría el resto. Entonó entonces sólo la mitad de los versos de una estrofa. Contagiado, Vega pronunció sólo la mitad de los de su contendiente. Cuando vio que su sistema funcionaba, Ontiveros volvió a calcular el número de sílabas y así quedarse con la posibilidad de pronunciar el último sonido. Miró por un segundo la pampa interminable y pensó en una época, en un tiempo que se estaba muriendo. En pocos minutos llegó por fin a donde quería llegar. Entonó un monosílabo y se quedó escuchando el punteo de la guitarra de Santos Vega. Salían de ella sólo los acordes, acaso el resplandor sonoro de una cultura que acababa de perder su lengua pero que en la memoria era ya infinita, ilimitada y eterna.

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