Alguna vez me pregunté qué dejaría a mis hijos y me di cuenta de que estuve tan ocupado por vivir que no tuve tiempo de acumular heredades. El día de mi última muerte llegará para ellos el momento de la partición, abrirán el viejo arcón y caerá en sus manos una gota de rocío deslizándose mansa por el vértice de una hoja y se encontrarán con el recuerdo de una calesita y el tintineo de la sortija que tanto me costaba alcanzar, el suave canto de una mariposa, un atado de sueños no cumplidos, la caricia de la brisa en un atardecer a la orilla de un río ya olvidado, el pertinaz aroma de una rosa, un coágulo de llanto no llorado, dos o tres alegrías sin usar, el imborrable olor a tierra mojada, escucharán entonces la inconfundible risa de un duende y el llanto de un monte hecho carbón.
Octubreando: Heredad
de Horacio Pettinicchi
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Habrá unas carillas borroneadas con una u otra poesía olvidable que tuve la osadía de escribir, páginas alumbradas por la lágrima de un ángel o quizás de una mujer. Hallarán mi voz, mi ronca voz herida con escarcha de luna y el salobre sabor de la noche. En uno y mil libros que también les legaré, les dejo la luz de la palabra para que la mantengan viva, en ellos, en esos viejos libros, de palabras subrayadas y hojas gastadas, estará la llama del eterno sueño junto con la memoria, y el eco de voces encrespadas de compañeros que ya no están se dejarán oír. Les dejaré preguntas, muchas preguntas sin respuestas, dudas y recuerdos. Ese día, mis hijos y sus hijos, ramas de este viejo árbol, heredarán la rebeldía innata para que se acune en ellos y caminos, infinitos caminos sin recorrer.