Soy mano: Los “botados”
por Graciela Labale
Los botados, los echados, los que ya no entran en ninguna estadística, salvo, en las de la desocupación. Me asustan estos tiempos. Primero fueron los supuestos “ñoquis”, unos 40.000 trabajadores del Estado, la mayoría precarizados, contratados, monotributistas, esos que ni siquiera son dignos de una indemnización. Y digo “supuestos” porque en la mayoría de los casos ni siquiera fue analizado el uno por uno como para ver quiénes cumplían una función o quiénes estaban dibujados. Nada, se los borró de un plumazo. De ninguna manera defiendo a los que iban sólo a firmar una planilla y ni siquiera sabían demostrar qué tarea cumplían, aunque confieso que menos aun defiendo que esas personas sufran las penurias del desempleo. Quizá debería haberse hecho una refuncionalización, controlar que efectivamente cumplan una tarea. Porque dejarlos en la calle es una tragedia de difícil retorno. Ya lo sabemos. Pero ahora les toca a los trabajadores privados, son muchas las grandes empresas o las Pymes que están haciendo reducción de personal. Sólo en la zona del polo fabril de Zárate-Campana hay entre 7.000 u 8.000 despedidos. La apertura indiscriminada de la importación empezó a hacer estragos. Un espanto que inexorablemente lleva al quiebre personal, a la desintegración familiar y de todo el tejido social. Ya lo vivimos. Aunque este dolor también pueda inscribirse desde la belleza, como sucede con el poema “Los Botados” de Susana Villalba que cierra esta columna.
“Nadie vota por los botados.
A los despedidos nadie nos pide nada.
Ni siquiera que reguemos las plantas de nuestro ex-escritorio,
¿Quién va a regarlas ahora? ¿Se van a morir? ¿Y nosotros?
Nadie nos necesita ni para saludar a quienes saludábamos todas las mañanas.
¿Se acordarán de nosotros? ¿Y nosotros nos acordaremos de los nosotros que éramos haciendo algo?
¿Quién se ocupa ahora de lo que hacíamos los desocupados?
Estamos pre-ocupados dando vueltas mirando a los que toman colectivos, ¿a dónde van?
¿No son despreciados como nosotros? ¿Les bajan el sueldo cuando nos echan?
Todo tiene un precio.
No es que no hacemos falta, es que siempre tiene que faltar algo.
Nos echan de menos las fotos de cumpleaños en la oficina, ¿a dónde irá cada uno de aquella fiesta?
Estamos desalentados sin misión. ¿Quién va a atender a los que atendíamos?
¿Quién va a pensar lo que pensábamos?
¿Quién va a caminar todos los días por los mismos pasillos para abrir una puerta?
No vemos una mañana detrás de hoy.
¿Vamos a levantarnos, a dónde iremos, llegaremos a fin de mes?
Habrán cambiado tanto las cosas que no sabemos hacerlas al revés.
¿Estaremos viejos, flacos, con los dientes torcidos?
Tenemos experiencia en el dolor, la indiferencia, el hambre, hemos girado en varias revoluciones de la alegría...
¿Habrá que pagar entrada para participar?
Los botados hacemos número, no caja.
Nunca ganamos la lotería.
No se nos precisa la causa de tanta despedida.
Se va a juntar el polvo en los cajones donde guardábamos ideas y proyectos.
Los despedidos nos sentamos a mirar por la ventana, fumamos hasta los que no fumábamos,
será una larga noche y ningún despertador sonará... A no ser que se levanten todos y hagan mucho ruido.