"Oh luna! siempre estuviste a mi lado, alumbrándome en los momentos más terribles; desde mi infancia fuiste el misterio que velaste por mi terror, fuiste el consuelo en las noches más desesperadas, fuiste mi propia madre, bañándome en un calor que ella tal vez nunca supo brindarme; en medio del bosque, en los lugares más tenebrosos, en el mar; allí estabas tú acompañándome; eras mi consuelo, siempre fuiste la que me orientaste en los momentos más difíciles. mi gran diosa, mi verdadera diosa, que me has protegido de tantas calamidades; hacia ti en medio del mar; hacia ti junto a la costa; hacia ti entre las costas de mi isla desolada. Elevaba la mirada y te miraba; siempre la misma; en tu rostro veía una expresión de dolor, de amargura, de compasión hacia mí; tu hijo. Y ahora, súbitamente, luna, estallas en pedazos delante de mi cama. Ya estoy solo. Es de noche”. Fragmento "Antes que anochezca” (Reynaldo Arenas).
Cuando anochece
por Horacio Pettinicchi
lithorachi@gmail.com
Reynaldo Arenas fue un escritor que escribió fundamentalmente sobre su vida. Desenfrenado y homosexual, pretendió vivir con la misma intensidad con la que escribía. La segregación y el constante temor a la delación por su conducta sexual hicieron que su prematuro fervor revolucionario se fuera apagando, tornándose en desencanto y resentimiento. Integró el M26, combatiendo en las sierras de Gibara, creía en la revolución, creía en que en ella éramos todos iguales. Expulsado, por su elección sexual, reunió en sí las tres condiciones más idóneas para convertirse en uno de los muchos parias cubanos: ser escritor, homosexual y disidente. Soportó cárceles y torturas, su situación personal se tornó cada vez más difícil y tuvo que escribir clandestinamente y enviar secretamente sus obras para ser publicadas en el extranjero, hasta que, como un marielito, más pudo salir de la isla. Negándose siempre a la discreta neutralidad que la izquierda bien pensante espera de un exiliado cubano en EE.UU, su vida se convirtió en una dura peripecia. El 7 de diciembre de 1990, en fase terminal del SIDA, se suicidaba en Nueva York dejando en su póstumo libro ("Antes que anochezca”) un estremecedor testimonio personal y político.
"…Yo pensaba morirme en el invierno de 1987. Desde hace meses tenía unas fiebres terribles. Consulté a un médico y el diagnóstico fue SIDA. Pero todo lo que uno desea, parece que por un burocratismo diabólico se demora, aun la muerte. En realidad no voy a decir que quisiera morirme, pero considero que, cuando no hay otra opción que el sufrimiento y el dolor sin esperanzas, la muerte es mil veces mejor.