Los hombres vestidos de sueño, los utópicos, los soñadores, los que creyeron, los hombres puente,
In memoria
de Horacio Pettinicchi
lithorachi@gmail.com
murieron, con un tiro en la nuca, murieron.
Los ultrajados de pobreza, los que el orín de la hipocresía no pudo corromper, murieron.
¿Qué nos queda entonces? ¿Qué nos queda sino la lenta desolación de cada día? El fétido olor de la hipocresía.
Qué nos queda sino pasear nuestras osamentas por el largo y blanco pasillo, encrespar el odio en la punta de un fusil, buscando descontar lo que nos deben, y dejar que la pura bronca se dispare, sabiendo que no hay guerras justas, sino guerras.
La luz nace frotando hambre contra hambre, de ahí nacerá la chispa que provocará el incendio, el fuego que incendiará el verbo.
Hay que soñar, compañero, soñar hasta que los sueños echen raíces, y se hagan sombra, y se hagan frutos, se hagan puños, puños crispados, puños alzados, empuñando la palabra que fusilará el hambre, se hagan artesanales manos, que tallarán al hombre nuevo, y sea un sueño otra vez. ("Los hombres sueño”,
de Horacio Pettinicchi).