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Octubreando: Los que nunca volverán a escribir

Por Horacio Pettinicchi
(lithorachi@gmail.com)
8 de septiembre de 2015 - 00:00

“Pensaba en los motivos de pensarte a cada rato/de escribir que tu presencia resulta casi imprescindible/y eso que sabemos que tal palabra no existe/de sentir ahora, por ejemplo, la soledad de metal de los desiertos/y eso que también se piensa en otros casos de mucha trascendencia...

Buscaba, te decía, y solamente siento en la sangre mil respuestas que inundan los vocablos (esos frágiles, humildes ranchos siempre al borde del lenguaje necesario, siempre inútiles cuando te viene la creciente...) Entonces, compañera, he vestido con letras algún intento de explicarte la ternura (Quizás porque... y se escapan tantas cosas) Quizás porque... (y te quiero simplemente) Te podría decir: quizás porque incorporé la estrategia de tu risa a la línea operativa de mis sueños (ese ejército pequeño tan lleno de coraje para algunas cosas, con tan buenas intenciones pero tan infiltrado de resabios, tan poco organizado para desplegarse...)
Quizás porque mis ojos se llenaron con las consignas de tu amor y tu dureza, o quizás porque invadiste los puertos del silencio que tenía porque desembarcaste batallones de caricias nuevas, de las únicas que sirven, las que se disparan a partir del combate, de la militancia. Y fue bastante simple tu modo de invadir los territorios, y fue bastante simple: me creciste una calle que sirve que podemos seguir abriendo y me trajiste tu manera de lluvia, de llegar tu manera de semilla, de quedarte, de establecer la palabra y pronunciarme una identidad que ahora sí (recién entonces) puede servir para el nombre de Mañana (el tiempo nuevo).
Quizás por todo eso, compañera y por lo que falta gritar desde las venas, existe la Ternura o duele la distancia. Ya sé, no es mucho fundamento. En las palabras, pero vos sabés de sobra, que las cosas que importan de la vida se hacen con la sangre y con las manos, te digo: el amor la Revolución… y es suficiente.-” (Fundamentación de la ternura.)
Oscar Wurm fue un revolucionario y un poeta, al igual que el Pelado Santoro o Haroldo Conti militó en el PRT, como ellos y tantos otros cometió el craso delito de soñar en un rojo amanecer, por lo que fue devorado por los negros perros del despotismo. Solo contaba con 23 años ese enero del 76 que encontró la muerte en un confuso episodio.
“Hay un poema que nunca voy a escribir que no podría/hay una canción que nunca voy a cantar/que no podría/y es el de tu rostro dormido compañera/porque toda la ternura no encuentra las palabras que puedan contarte/que puedan contar/ del país de caricias que amanece al borde de tu imagen/a orillas de tu cara custodiada por el sueño...
Si mis ojos pudieran hablarte de ese instante/si ellos/centinelas incansables que se inundan de paisajes tuyos pudieran inventar un modo de narrarte... Pero no/porque qué palabras podría caminar la breve geografía de tu boca apenas entreabierta respirando... /porque qué palabras podrían dibujar el mapa/que las primeras luces habitan poco a poco...” (fragmento de Poema para nunca). 
 
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