Yo no la escuché, pero cada noche me despierta la cerrada descarga que acabó con nuestros sueños. ¿Que dónde fue, pregunta usted? Si mal no recuerdo, no muy lejos de este lugar. En un pueblo como tantos, pueblo de plaza vacía, de risas desalojadas, donde uno que otro comerciante pasea su virtuosismo y su panza camino al club social o la cama de su querida.
Octubreando: Compañeros
de Horacio Pettinicchi
lithorachi@gmail.com
¿Qué hacíamos ahí, dice? Llevar la palabra, sembrar la idea, ayudar a parir el Nuevo Hombre; que otra cosa podríamos hacer? “La revolución es una actitud individualista, no es necesario el Partido para soñarla”, predicaba mi compañero.
¿Que cómo era él? Como sus sueños; como su gente. De un hacer humilde, escaso en su vivir, de hablar despacio, no lerdo, despacio, y en su cara se había instalado un gesto triste, como la de alguien que ha muerto muchas muertes, ¿me entiende? Era mi compañero un hombre acostumbrado a decir no, cuando los mercaderes decían sí.
¿Que cómo era nuestra vida? Simple, se puede decir, sencilla, andábamos el camino buscando esa partícula de sol a la que todos tenemos derecho. ¿Que cómo fue, pregunta usted? Si mal no recuerdo fue en octubre, una noche en que Dios, ocupado por los asuntos del cielo, olvidó mirar las cosas que pasaban en el mundo.
Fue, decía, luego de una reunión, una compañera nos invitó a su casa. Viera usted que desparramo de mujer. Y como andábamos necesitados de todo, fuimos. Después de cenar, la mujer convidó con unos cigarros, cigarros que enrollaba despacio, muy lentamente en la cavidad de sus morenos muslos sin apartar los ojos de mi compañero, y no quiera saber usted el aroma que despedía cuando lo encendía.
Y si algo aprendí en esto de andar caminos, aparte de hablar como hablo, es ser discreto, así que cuando empezaron las miradas y las sonrisas, sin pedir permiso me mandé a caminar, y le puedo asegurar mi amigo, que ni se dieron cuenta de mi ausencia.
Llegué a la plaza, solitaria a esa hora, jugué con las sombras que creaba la luna, caminé por los senderos de roja grava, trepé a los árboles y me asomé a la vida que despertaba en el nido de los gorriones. Luego, cuando la noche se hacía vieja, volví a la casa y ahí los encontré. Vestidos solo de sudores y deseos los hallé, sus cuerpos yacían en la cama acribillados a balazos.
Alguien dijo que esta vez acallaron el ruido de sus botas,
que los coches quedaron a dos cuadras de la villa, alguien dijo que sus chaquetas negras se hicieron invisibles en las sombras, que los muy malditos se reían mientras fusilaban la vida.