“Me como a dios. Como mi salvación y espanto. Corazón de los sentidos digiere la cúpula celestial. Ahora estoy en el campanario, un campanario tímpano católico y extinguido. Con el bronce, con la trompa badajo en el viento inflamo los mares. Que todo sea una salvaje profecía amor poseído amor ido”. (Comunión salvaje).
Octubreando: Con el corazón fuera de la piel
Por Horacio Pettinicchi
lithorachi@gmail.com
“Desde el momento en que tiene un origen secreto y un origen oculto creo que la poesía es de origen divino -nos decía Bustos-. Los poemas se hacen en una forma secreta, oculta y escribiendo para nadie, es cuando todos escriben a través del poeta, cuando verdaderamente el poeta es poeta…” M.A.B
Miguel Ángel Bustos Von Joecker nació, vivió y fue crucificado en Buenos Aires, conoció su país y las escondidas sendas de Bolivia, Brasil y Perú en búsqueda de su identidad en esa Patria Grande, andar que mágicamente nos legó a través de sus poemas, prosa y dibujos. Sus trabajos surrealistas (escasos por cierto) lograron superar a la mayoría de sus contemporáneos y, si bien no tuvo el reconocimiento merecido en su momento, escritores de la talla de Marechal prologaron sus libros.
Su atormentada vida interior, el fugaz resplandor de sus visiones, esa sensación de torbellino, nos presenta a alguien que se acerca cada vez más a la clave de su delirio. Profética y alucinante, su obra nos deja un amargo sabor a desosiego y derrota en la boca. Miguel Ángel Bustos, al igual que muchos otros escritores, fue devorado por la impiadosa noche negra setentista un 30 de mayo de 1976 a las 22:30.
1: Afuera oigo la lluvia, adentro siento la lluvia. Mi cuerpo de barro se deshace.
2: Escribe mientras sea posible. Escribe cuando sea imposible. Ama el silencio.
33: Ella, Ella y ausente la siento. Vos, que has elegido la noche para hundir tu cuerpo en el agua oscura. Asumes, mi amor, la sombra terrible de la inmaculada luna.
70: Quiero saber tu nombre. Cómo te llamas, nombre que vagas por el Paraíso en el atroz silencio. Tú, que llevas una costilla más que todos. Sentado entre árboles parlantes diriges tu ojo solitario del otro. Duermes. Sin posible Redentora.
84: Acomoden las coronas, murmuren sobre mi perfil, empujen mi ataúd, que navegue el maldito. Y que un velorio de estupor abra el vientre del tiempo.
110: Y no salvé a mi madre, nuestra Señora de la Aventura, en el altar del quieto mediodía comulgo el sol. Por más que camine bajo la lluvia atroz, buscando muros empapelados de delirio, no hallaré las puertas del templo. Huérfano a cuatro costados busco un cielo que me salve. (de »Fragmentos Fantásticos).