Camina, con sus bolsillos abultados de santos, dibujos y poesía se deja ir a donde lo lleve el hambre, carga con su violín y las verdades que va encontrando en su camino, le pegan, lo castigan ferozmente en la misma puerta de la comisaria, 4ta, “ Soy el Cristo Rojo “ se anuncia, y no le creen, “ no me peguen, no me peguen…” suplica , pero no es escuchado, psicosis distímica diagnostican los médicos que solo saben del cuerpo pero no del alma, y él que por las noches conversa con ángeles y demonios, que respira y se alimenta en su apasionado amor por la Virgen María, es encerrado en la casa de los que sueñan, en los que todavía creen en la utopía; “Me aplicaron electroshock. Se ve que querían sacarme la enfermedad del cuerpo”, cuenta.
Octubreando: La paradoja y lo absurdo
Por Horacio Pettinicchi
lithorachi@gmail.com
“Yo he investigado el alma, también la psiquiatría. Y sé que los muy ricos y los que llevan uniformes son dementes y peligrosos. Y que los que visten sotanas y se llaman hijos de Cristo son los más dementes, hipócritas y demoníacos de todos” decía a quien lo quería oír.
“Sé que dentro de muy poco me voy a morir. Ya soy viejo y he sufrido lo suficiente. Pero tengo miedo de lo que me espera. No de la muerte porque ya estoy muerto en Cristo sino de que me abran la cabeza como hacen con todos los internos. ¡No quiero presentarme ante Dios cuando resucite con el cerebro dañado y chorreando sangre! Mi vida ha sido el estudio, la poesía, quiero estar hermoso, digno.
Además va a estar ella, la Virgen, la única que no se burló de mi amor, ni me rechazó. ¿Te ocuparás de mí cuando muera? Sáqueme a toda prisa de la morgue. No dejes que me destrocen. ¿Me lo prometes?”- le suplica a su amigo Vicente Zito Lema.
“Demencia: el camino más alto y más desierto/Oficio de las máscaras absurdas; pero tan humanas/Roncan los extravíos; tosen las muecas/y descargan sus golpes afónicas lamentaciones/Semblantes inflamados/dilatación vidriosa de los ojos/en el camino más alto y más desierto/Se erizan los cabellos del espanto/La mucha luz alaba su inocencia/El patio del hospicio es como un banco a lo largo del muro/Cuerdas de los silencios más eternos./Me hago la señal de la cruz a pesar de ser judío/¿A quién llamar?¿A quién llamar desde el camino tan alto y tan desierto?/Se acerca Dios en pilchas de loquero, y ahorca mi gañote con sus enormes manos sarmentosas; y mi canto se enrosca en el desierto./¡Piedad!”.
El certificado de defunción firmado por un médico del neurosiquiátrico decía que con fecha 1ro de diciembre de 1970 el interno Jacobo Fijman falleció de un edema pulmonar. Nada decía de su alma fusilada a pura soledad, que escribió y pinto infinitos sueños, de su entrañable amor por la Virgen María, que fue Samuel Tesler en Adán Buenos Aires y Jacobo Fiksler en El que tiene Sed, y que un día decidió reencontrarse con los ángeles y los pájaros con los que tanto había hablado. Solo dejó tres libros publicados, un cuaderno con dibujos, un Cristo Rojo y lo puesto. Nada más.
“Sálvate, mundo mío, desatando infinitos.” Jacobo Fijman.