“Para empezar a ser bueno es necesario sentir como si fueran de uno las penas de los otros”. G. Riccio. Traductor ocasional, periodista cuando le publicaban, poeta de tiempo completo, pero fundamentalmente un buen hombre. Así se le recuerda a Gustavo Ángel Riccio, el más joven de los fundadores del Grupo Boedo. Amó la literatura, la música y la poesía, podía pasar horas escuchando a Beethoven, o enfrascarse en maratónicas lecturas de la obra de Evaristo Carriego. “No necesitamos cerebros maravillosos; necesitamos corazones que lo sean de verdad, la vida aunque mala, puede mejorarse”. G. Riccio.
Octubreando: La fórmula del amor
por Horacio Pettinicchi
lithorachi@gmail.com
Escasa la bibliografía que nos legó, tan exigua como su vida, que solo duró 27 años, entre sus cuatro libros conocidos se puede nombrar a “Antología de Versos para Niños” (1924) y “Un Poeta en la Ciudad” (1926), y uno que otro texto disperso en periodos suburbanos ya desaparecidos. “Primero amar, y luego/amar, y luego amar, y luego amar/y el día que no arda el sacro fuego/entonces recordar/Amar a la Elegida y prolongar/el amor de la Amada/a todo lo que a ella es familiar/su calle, su casita, su almohada/Así, amando sus cosas uno aprende/a amar todas las cosas,/y a vestir de miradas bondadosas/la desnudez de aquello que no esplende/Hay que ser como el sol: luz que ilumina con idéntico amor, rosa y espina”. (Como se hace un poeta).
Discípulo de Rafael Barret, imbuido del socialismo de esa época, nos enseñó que la poesía puede transformar la vida en algo más precioso y que la bondad es la mayor síntesis de la perfección del ser humano. Su primer libro de poesías (“Un poeta en la Ciudad”) fue editado en 1926 en la Campana de Palo y financiado por Álvaro Yunque, su mentor y maestro. “Nuestro amor fue una anécdota que duró quince días/Lo saben cuatro calles y cuatro estrofas mías/Me buscaste una frase de amor y tu mirada/me sacó de los labios esa frase buscada/Y nos amamos luego por esas calles grises/y —¿por qué no?— vivimos diez minutos felices/Tú ibas simple y sencilla con tu traje modesto/y tu pelo volcado sobre ti como un cesto/Tu hablar era sencillo como el hablar de un grillo/contigo me sentía blando como un ovillo/Tú no me hablabas nunca de libros ni de autores/¡ay, contigo he vivido los instantes mejores!/Tú, piadosa inconsciente, me hacías feliz con tu hablar: vaso de agua sobre mi corazón/Pasaron quince días, y te cansaste. En vano te reclamé razones; tú, la simple: ¡otro arcano!.../Me puse un poco triste, me puse reflexivo/y la duda, más mala que ácido corrosivo/paralizó al pujante motor de mis acciones/y me envolvió en la niebla de las meditaciones.../Nuestro amor fue una anécdota que duró quince días/Lo saben cuatro calles y cuatro estrofas mías.../¡Y también cuatro lágrimas!.../Ah, muchacha trivial: ¿verdad que me creías menos sentimental?...” (Amor callejero).