ver más

Octubreando: La condición de poeta

Por Horacio Pettinicchi
lithorachi@gmail.com
2 de junio de 2015 - 00:00

“La condición de poeta, lo da el hecho de escribir en el límite de la escritura, es decir donde el lenguaje deja de ser comunicación para convertirse en simbolización.” H.C
-¿Qué es para usted la poesía?
- Es un viaje interior pero también exterior. No se olvide que hay mundo. Eso sí, un viaje que, paradójicamente, anula el movimiento. Y el poema es un objeto que se muestra y calla, instaurando el abismo entre el autor y el lector. El poema mata al autor y asume su propia voz, una voz autónoma, que si es verdaderamente un poema dirá mucho más de lo que el autor quiso -y pudo- decir. La poesía habla –paradójicamente- por lo que calla, por lo que no dice, es simplemente una percepción del misterio.
-¿Para quién escribe poesía?
- Para un lector ideal, que es el propio autor, o alguien que leyera como el autor cree que debe ser leído. Lamentablemente, el lector es un “otro”, y nunca sabremos exactamente qué leyó, cómo percibió, cómo sintió el texto.
-¿Cuánto hay de usted en sus poesías?
- Hago mía una frase de Bosquet: “El poeta es el poema”.
A Horacio Castillo (1934-2010) no lo conocí personalmente, llegué a él a través de su obra, pero creo que de haberle preguntado sobre la punción de poesía sus palabras no habría diferido mucho de la apócrifa entrevista que inicia esta nota. “Descripción”, su primer poemario, lo edita  pasados ya los 36 años y sus últimos trabajos los da a conocer  en su libro “Mandala” en el año 2005.  Poeta y ensayista, cultivó un profundo interés por la lengua griega de la que tradujo innumerables poesías. Creo que si algo caracterizó su obra, más allá de su sapiencia, claro, es la brevedad, sus publicaciones no superan los siete libros, y en cada uno de ellos nos encontramos con no más de 25 poemas, cuya extensión rara vez llegan más allá de cuarenta versos.
“La ansiedad me dominó, y luego la inquietud, cuando supe que venías/horror de que me vieras así, con este tocado de sombra,/el pelo sin brillo, el pelo que el sol no se cansaba de dorar./Terror también de que no fueras el mismo -el que permanecía en mi memoria-/y al mismo tiempo curiosidad por ver de nuevo un ser vivo./Hace tanto que nadie venía por aquí,/tanto que nadie se llevaba un alma o un perro,/que cuando oí tus pasos y tu voz llamándome,/cuando por fin te estreché, más que a ti estaba abrazando a la vida./Después tu calor me condensó, me secó como una vasija,/y caminé por el sombrío corredor/otra vez con aquella máquina atronadora dentro del pecho/y un carbón encendido en medio de las piernas./…/ No te vayas -supliqué- no me dejes aquí,/déjame ver de nuevo las nubes y el sol/suéltame por el mundo como una potranca tracia. /Pero tú ya corrías hacia la salida /y durante siete días y siete noches oí cómo llorabas/cómo cantabas en la ribera del río infernal/nuestra vieja canción: “Lo lejano, sólo lo más lejano perdura.” (Dice Eurídice).

Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Te Puede Interesar