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Octubreando: Poeta del silencio

por Horacio Pettinicchi
lithorachi@gmail.com
1 de abril de 2015 - 00:00

“Si la muerte es final, total olvido/el alma, en ese sueño no sentido/nada es, pues no sabe que ha vivido/nada, pues de sí misma está vacía/O, acaso, sombra es de lo que ha sido/y en vena vana hay eco de un latido/y oye caer en ilusorio oído/hojas secas de extinta melodía/Sombra. Sombra de todo lo perdido/reflejo que por siempre ha recogido/fugaz amor e instante de agonía/y por siempre, en el Tiempo detenido/sueña que es cierto su vivir mentido/porque espera la muerte todavía”. (Sombra)

Olvidada más que descuidada por la crítica fue la obra de Enrique Banchs. Escasos artículos son los conocidos sobre él, no obstante que Jorge L. Borges lo elogiara en distintas oportunidades y llegara en su admiración a escribirle un soneto de homenaje en 1985. Se refería a él como un “hombre gris” que, finalizada su labor de poeta, opta por desaparecer oscuramente, por “perderse entre la gente”. De hecho su íntimo deseo fue precisamente ese: pasar por la vida sin ser percibido, enterrar su obra en el más profundo silencio.

Visualizaciones del tiempo, la muerte y la memoria fueron los dueños de su poemario atemporal, de formas clásicas y armónicas, inspiradas sin dudas en el Siglo de Oro español.

Periodista en distintas publicaciones de la Ciudad de Buenos Aires, ocupó diversos cargos en el Consejo Nacional de Educación. En 1941 ingresó en la Academia Argentina de Letras y en 1958 recibió el Premio Vaccaro, cuyo importe donó al Hospital de Niños y a la Sociedad Argentina de Escritores.

En 1958 definió de esta manera a la poesía: “Es la intimidad de la realidad. La poesía es indiferente a la grandeza de las obras materiales del hombre, a los accidentes históricos, a todas las instituciones y a todos los móviles sociales que arrastran los cotidianos afanes”.

Su producción literaria se reduce a cuatro libros publicados en su juventud, Las barcas (1907), El libro de los elogios (1908), El cascabel del halcón (1909) y La urna (1911). Poeta sencillo y pequeño, poeta atormentado, sí, pero poco ruidoso que no rompió moldes. Murió en Buenos Aires el 6 de Junio de 1968.

“Una noche de seda, de secreto/de silencio, de calma y de dulzura/todo velado, leve, vago, quieto/ y evanescente en la arboleda oscura…/ Pálida noche misteriosa y pura/nada, en ella, vivía por completo/ la frase era un suspiro de ternura/ la idea desmayaba sin objeto…/ Te sentí, como en sueños, a mi lado/lánguida e impalpable forma clara/temiendo que la brisa te llevara/- ¿Por qué me dejas? –murmuré angustiado- por mi mano resbalas, suave y triste…/- No soy yo: es una lágrima… -dijiste”. (Versos del anochecer).

 

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