“Definir a Macedonio Fernández parece una empresa imposible; es como definir el rojo en términos de otro color; entiendo que el epíteto genial, por lo que afirma y lo que excluye, es quizá el más preciso que puede hallarse. Macedonio perdurará en su obra y como centro de una cariñosa mitología. Una de las felicidades de mi vida es haber sido su amigo, haberlo visto vivir. Las mejores posibilidades de lo argentino -la lucidez, la modestia, la cortesía, la íntima pasión, la amistad genial- se realizaron en él, acaso con mayor plenitud que en otros contemporáneos famosos-.”
Octubreando: Recienvenido
Por Horacio Pettinicchi
lithorachi@gmail.com.
Luego de esta ilustración de Jorge Luis Borges sobre Macedonio, se hace harto difícil poder hablar sobre él. ¿Qué decir que ya no se haya dicho?
Quizás contar sobre su sueño de crear en Paraguay -junto al padre de Borges, Arturo Múscari y Julio Molina y Vedia, entre otros- una colonia anarco socialista de pensadores libres y escritores. Utópica forma de oponerse al poder económico y político desde los fraternos principios de igualdad y vida en común, dejando de lado la mera individualidad en pos de la felicidad de la cosa comunitaria.
Recordar tal vez cuando se postuló como candidato a la Presidencia de la Nación con la complicidad de sus amigos. Simple pretexto de desplegar una campaña surrealista buscando cambios sociales que hiciera menos fascinante la influencia de la revolución rusa.
Metafísico, humorista, poeta, teorizador y novelista, escritor para escritores (como se lo definió alguna vez) es un clásico de la literatura de vanguardia donde han abrevado muchos escritores, incluyendo al mismo Borges quien, públicamente, reconoció en él los orígenes de su narrativa.
“Lo que yo pienso, William James y Schopenhauer lo han pensado ya por mí”, solía decir. De naturaleza generosa, no decía “yo pienso tal o cual cosa”, sino “vos, che, habrás observado, sin duda...”. Su tono habitual era el del ánimo perplejo, detestaba todo lo erudito, y lo tenía sin cuidado la crítica ajena, confirmaciones o refutaciones, de hecho, no le importaba la realidad.
Era capaz de permanecer horas en soledad e inacción. Pensar -no escribir- era su devota tarea. Luego de la muerte de su esposa, su vida fue más austera aún, todas sus posesiones fueron un sartén, un calentador Primus, una pava para el mate, una guitarra y una fotografía de William James. De todas sus obras, tan sólo llegó a publicar “No toda es vigilia la de los ojos abiertos”, las demás editadas se deben a la generosidad de sus amigos. Qué decir pues que no se haya dicho sobre él, creo que lo mejor es leerlo.