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Octubreando: El ángel poeta

por Horacio Pettinicchi
lithorachi@gmail.com
15 de diciembre de 2015 - 00:00

“Morir será/ encender una lámpara/ en la casa desconocida”. Un jueves triste de enero de este año, tan lejos de su Río de los Pájaros, el entrerriano Arnaldo Calveyra encendió esa luz. Cuentan que Aurora Bernardez  (que lo conocía muy bien) solía llamarlo El Ángel, brillante definición para un poeta que parecía estar de visita en este mundo y no corresponder del todo a él.

Habitante de lejanías, su poesía, tan ella, tan hecha de una vez y para siempre, se fue allegando a nosotros de a poco, de puntitas de pie, desentendiéndose del verso fácil, aludiendo al misterio, a lo sobreentendido, devanándose en prosas breves, frases rítmicas, si hasta sus ensayos merecían una lectura poética. 
“No estaba en mi naturaleza ser poeta; contra una opinión difundida, nadie nace poeta, son los otros los que cierran el puño alrededor de algo que resulta ser el canto de uno, que todo lo ignoraba del tema. No, yo no creía en el destino: en un mundo construido de golpe, el destino nos habla como desde muy lejos...” nos decía Calveyra en uno de sus últimos escritos. Poeta, novelista y dramaturgo, residente en París desde 1960, fue condecorado por el gobierno francés con la Ordre des Arts et des Lettres y mantuvo estrecha amistad con Julio Cortázar y Alejandra Pizarnik, entre otros.
“Te lo digo, te lo digo, tienes que creerlo, nos estamos volviendo esta cosa increíble que es el amor, un brazo es un abrazo, las estrellas más se internan descalzando floras, tus enanos muertos que pisabas ayer tarde, el agua, las aguas aquellas que miramos con un oído atento hacia las caras, sin saberlo, sin saberlo./El viaje largo presentido, larguísimo callado, la casa por la copa de los álamos, el lado de sombra de tus ríos, la pandora alta queridísima entregada con una mano, aquella palabra que llegó una tarde a pasar la vida con nosotros./Encendido por el viento, ningún manantial pisa la tierra, el amor había nomás que darlo todo, si no ¿quién habría de quedarse en casa cuando ya todos nos hayamos ido?, invierno de aquel año en que moríamos de niños, nada cesa pero el amor no cesa, ¡qué mineral cuánta greda en un fantasma! Yo sé, tienes que creerlo, yo muero todavía, ya me animo al amor con los ojos abiertos, yo lindo todavía, alambrada mía, río de sonda que me paras en dos patas de coneja camino hacia tus bocas, dame de esas lámparas que pasan, de esas estelas que se apagan al hallarse, llévame para siempre conmigo fuera mío, no dejes que yo entre más en tantas
casas sin hallarte, los mil dedos por noche de mis manos, laberinto que no extravías al que abre la boca sin su grito mudo, escucha, no escuches a las alas que no coinciden al
cerrarse, nos estará, sí, ya gozando la inolvidable muerte”.- (Yo muero todavía de Cartas para que la alegría).
 
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