“Pinhas Pincus es un poco más pequeño que la altura normal, con un ojo más pequeño y otro más grande; el ojo más pequeño pide y busca aprobación del más grande. Cuando habla, pareciera que los ojos se hablaran el uno al otro; el más pequeño pide aprobación al más grande; y el más grande le da su aprobación para cada plan o decisión. Cuando vinieron por primera vez a Nüremberg, no habrá límites para sus sufrimientos; tuvo que pasar hambre, miserias e insultos personales de sus hermanos alemanes. En Nüremberg era protegido de las masacres, pero no fue protegido de la hambruna.” (De Una Pascua Temprana)
Octubreando: La paz esté con ustedes
por Horacio Pettinicchi
lithorachi@gmail.com
Si alguna vez tus pasos te llevan al parque Tres de Febrero, en la mágica ciudad de la Yegua Tobiana, no dejes de hacer un alto en el busto del escritor Sholem Aleijem, quien alguna vez dijo “que mi nombre sea nombrado con una sonrisa, o que no sea recordado”.
Y si su nombre no te dice nada basta recordar “El violinista sobre el tejado”, musical basado sobre el personaje de Tevye el lechero, uno de los cuentos de este gran escritor que alguien alguna vez lo llamó “el Mark Twain judío”. Nacido como Sholem Yakov Rabinovitsh o Rabinowitz en un pequeño pueblo de Ucrania, vivió mucho tiempo en Voronka pequeño pueblo de judíos que, al igual que otros, inmortalizó en su mítica Kasrílevke.
Testigo inteligente y tiernamente mordaz de la vida y habitantes de los pueblitos judíos de Europa Oriental de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, ya borrados por el paso del tiempo (y de los pogrons), sus personajes y tremendas desdichas siguen vivos en las páginas de sus cuentos enfrascados en sus interminables conversaciones, afligidos por las injusticias y riendo con una deseable fortaleza.
Comenzó escribiendo en ruso y en hebreo, pero la fuerza de la lengua que se respiraba en su Kasrílevke se le impuso y el idish fue el idioma de su vida y de su obra. Para entonces ya había adoptado su seudónimo que no era otra cosa que el saludo que intercambiaba la gente al encontrarse: Sholem Aleijem (la paz esté con ustedes).
Fue un apasionado del yiddish, en ese idioma escribió su obra para niños y adultos con irrevocable compromiso, logrando transmitir las situaciones más dolorosas con ese humor tan especial que hace pensar que mientras un ojo llora el otro ríe.
Sholem Aleijem fue un escritor auténtico además de un observador agudísimo. Toda su producción lleva en sí su verdadero amor por los hombres y la vida.
“Aquí yace un judío común. Escribió en la jerga idish de las mujeres y para el pueblo humilde. Fue un escritor, humorista; en sus menesteres, rió de todo en esta vida, no perdonó ningún pecado. El mundo, al fin, ganó la partida y él solo fue un desventurado. Y cuando el público lector lo festejaba y se reía, él sollozaba en un rincón. Dios solamente lo sabía” (epitafio en su tumba).- l