ver más

Soy mano: Abuelita

Por Víctor Koprivsek
24 de octubre de 2015 - 00:00

Un relámpago, una esquirla, un barco. Un horizonte de miedo, un niño en los brazos, un marido escapando. Una ribera, una madre que partió cuando apenas tenías 5 años. Un convento. Tres hermanos, Nápoles, Italia lejos y con lágrimas.

Un puerto, Argentina. Sesenta días en el Hotel de los Inmigrantes. Palabras desconocidas, idioma ajeno. Futuro. Trabajo más trabajo, más soledad. Un pueblo perdido en el medio de la nada, rodeado de hornos de ladrillos, quintas de verduras, una estación de tren: Presidente Derqui año 1948. Un pedazo de tierra donde echar raíces.
Un almacén, paisanos que se emborrachaban, hijos que llegaron. Yoyi, Maringa y Anchi. Te despedimos pero no te vas. Nos aferramos a vos y sentimos las uñas hundirse en las cenizas de la guerra y el dolor y no te soltamos porque otra vez no te vas.
Te juramos recordarte hasta siempre y la palabra es siempre. Porque no te vas. Entonces tu sangre que corría por venas que no encuentran los médicos se hizo río y fuiste árbol y en tu sombra descansamos cuando cayó la tormenta. Un relámpago, una trinchera. Porque no te vas.
Ocho nietos y veinte bisnietos.
Noventa y dos años y algunos inviernos más. Algunas lluvias que fueron tambor en las chapas del ranchito que después convertiste en castillo. Cortando fiambre y haciendo berenjenas al escabeche. Fideos con tuco los domingos y siempre un saludo para los que quedaron lejos.
La cocina fue tu mundo. Hubo aroma de albahaca y rumor de platos. En el ir y venir de tus pasos se hizo la música que aun retumba en los oídos de quienes te supimos cerquita casi rozándote el pelo gris tan suave como el algodón.
Perfume de abuela. Nona mía. Porque no te vas.
Entonces se incendió la esquina y se quebró el asfalto en mil pedazos oscuros. Entonces los tubos y mangueras que te entraron en el cuerpo con agujas y monitores y trapos y ya no más.
Entonces te pedimos por favor que sí te vayas. Que ya está, que basta de luchar, que nos dejes y que vayas porque no era así el día a día de tu risa, ni tus broncas, ni tu sol. Pero no te ibas.
Y no te fuiste hasta que todos nos despedimos y juramos volvernos a encontrar porque tu huella es tan honda que se ve en mitad de la noche oscura. Tan clara que el día la refleja en el saludo de los vecinos que no paran de llegar y en el correr de los bisnietos que te multiplican en el mañana.
Teresa Di Marino. Capaz que nombrarte acá es no dejarte ir pero es que somos tan egoístas en el dolor. Capaz, no sé. Es tan íntimo morir. Es como un silencio que queda flotando en el aire y que se pierde entre un montón de ruidos absurdos.
 
Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Te Puede Interesar