Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: Duelo al borde de la ocho

sábado, 5 de mayo de 2012 · 00:00

 por Manuel Vázquez

 

Allí se comía bien. No ofrecían, sin dudas, lo que hoy llamaríamos “un menú gourmet”, pero las milanesas a caballo eran enormes y los guisos de mondongo o lentejas podían resucitar a un muerto. Sin embargo, las palmas se las llevaba el puchero, servido siempre en dos fuentes. Mientras que en una llegaban las hortalizas rodeadas de porotos y garbanzos, en otra se apilaban humeantes el osobuco, la falda, los chorizos, las morcillas y la gruesa tajada de panceta.

Cuando sólo la ruta 8 vieja llevaba el transporte vial a Córdoba y aún nadie soñaba con la Panamericana, decenas de camioneros hacían un alto para almorzar o cenar opíparamente en ese bodegón pilarense en cuyos fondos, según las malas lenguas, algunas muchachas satisfacían otros apetitos.

Hasta allí llegó una noche de agosto Lorenzo Libonatti, el Tanito, buscando entrar en calor con las especialidades de la casa. Dos meses al mes pasaba por ese tugurio en sus viajes hacia y desde La Carlota. Tenía treinta años y a toda su familia viviendo en una minúscula aldea piamontesa de donde partió con la idea de ir trayéndolos de a poco; pero habían pasado cuatro años desde su llegada al país y aún no había logrado juntar el dinero para cumplir su sueño.

Tal vez buscando mitigar su soledad, el Tanito tenía novias en casi todos los pueblos que atravesaban la ruta. Teresa en San Antonio de Areco, Emilce en Arrecifes, Lidia en Pergamino y la viuda Rosaura en Venado Tuerto aguardaban cada quincena la visita del muchacho alegre que las hacía soñar con un futuro matrimonio y una chacra con una casa grande donde cupiesen ellos y todos los parientes que irían llegando de Italia.

Esa noche, tras saludar al dueño del bar, encargar su cena y hacerse servir un Amargo Obrero, Lorenzo detuvo su mirada sobre la hermosa rubia sentada en una de las mesas del fondo con un hombre del que sólo podía ver la espalda y la nuca cubierta por el pelo negro peinado con Glostora. Ambos parecían demasiado elegantes para ese lugar, pero no era extraño que los automovilistas, cualquiera fuese su condición, se detuviesen a comer en los sitios frecuentados por camioneros.

Al ver que la rubia también lo observaba, se llevó una mano a la visera de la gorra a modo de saludo y le dedicó aquella sonrisa de dientes blancos con la que las muchachas de los pueblos caían a sus pies. La chica tampoco resistió la simpatía del Tanito y devolvió la sonrisa. Incentivado por la audacia de la joven, él se animó a enviarle un beso con los dedos justo cuando el de la Glostora giraba la cabeza para seguir la mirada de la rubia.

El hombre, enorme, se puso de pie lentamente y Lorenzo hubiese preferido que se lo tragase la tierra. No era cobarde, pero odiaba meterse en líos y estaba seguro de que se avecinaba uno bien gordo.

El dueño del local, para evitar el enfrentamiento, invitó al Tanito para que pasase al fondo donde –mintió- ya lo aguardaba una de las muchachas; pero el de la brillantina se le cruzó en el camino.

-¿Se puede saber por qué se hace el payaso con mi mujer? – preguntó sin vueltas.

- Será porque me gusta divertir a las damas – sonrió el muchacho sin esperar el sopapo que reventó en su mejilla. Como era de esperar, se trenzaron a golpes hasta que el propietario, exigiéndoles que no armasen escándalo en el negocio, los hizo salir a la vereda. La rubia también quiso salir, pero una de las muchachas de la casa se lo impidió tomándola por los hombros.

El viento helado golpeó el rostro de Lorenzo cuando, ya en la ancha banquina de la ruta, se sacó la campera para pelear con más comodidad. Su rival ni siquiera atinó a quitarse el sobretodo, pero de uno de los bolsillos sacó una navaja cuya hoja brilló a la luz de la luna.

-¡No, Edgardo!- gritó la rubia debatiéndose por zafarse de los brazos de la prostituta, pero ya el hombre, en una finta certera, había clavado el arma entre las costillas del Tanito.

Mientras se apoyaba contra el sauce deshojado, Lorenzo contemplaba con ojos aún incrédulos la mancha roja que iba descendiendo desde el pecho hacia la cintura y se ensanchaba en la parda camisa Grafa. La vista se le nublaba y fue deslizándose lentamente hacia la tierra ya escarchada. Pensó en la lejana aldea, en su padre segando el trigo maduro, en su madre revolviendo la polenta con una rama de higuera, en sus hermanos asando las castañas sobre el brasero…

El hombre peinado con Glostora cerró la navaja, subió al Dodge negro y llamó a su compañera, pero la rubia no acudió. Había quedado paralizada mirando desde la puerta del bodegón el cuerpo sin vida del Tanito. Su pareja no la esperó. Puso en marcha el coche y desapareció sobre la ruta en la noche oscurísima.

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