Para quienes nacimos viajeros, los lugares guardan un profundo llamado familiar.
Voy cerrando los ojos anhelando verte otra vez
Por Víctor Koprivsek
Es un temblor en el pecho que de vez en cuando susurra tu nombre.
Tu nombre invocado. El sonido de tu sangre. Esas palabras elegidas por otros para llamarte, para lanzarte al mundo, para darte una identidad y así forjar un destino.
Tu nombre invocado: tu nombre Juan, María, Sergio, Lorena, Diego, Lorenzo, Noelia, Lucía, Graciela, Pablo, Hilda. Tu nombre repetido: César, Sonia, Sofia, Federico. Otros te bautizaron Lourdes, Santiago, Ana. Otros volcaron en vos sus expectativas, sus preocupaciones, sus caminos andados y desandados.
Vaya a saber qué vientos, qué canción tan hermosa, qué marea entre rocas o qué sencillos pasos han triunfado para que tu nombre surja aquel día de tu nacimiento.
Y así tu voz, hecha de todos los cielos que has visto, de todos los miedos traspasados, de todas las risas y abrazos y emociones, una mañana se hizo sonido propio y tuvo su peso.
Asumimos que nos llamábamos Victor o Luna, que cuando se diga Hernán o Luciana íbamos a ponernos de pie y levantar la mano.
Cuando la tierra es la que llama, cuando la sangre es la que golpea, una profundísima invocación, que hasta pareciera que llega desde otras vidas, te empuja al camino para andar.
Ignacio, Verónica, Jorge, Soledad, Iván, Mariana, Fermín, Sebastián; nombres que se funden con el agua y el fuego y el aire.
Carga en la espalda. Viajemos liviano.
Arena en los ojos. Quitemos el ruido y despejemos la mirada de toda niebla.
Huesos que pierden su forma original. Destrabamos todos los miedos.
Volvamos al camino que nos lleva a vos.
“Voy cerrando los ojos y me parece verte otra vez”, dice la canción.
Nos acomodamos rápido en el sillón. En el agujero negro. Más tarde que temprano, más ayer que hoy y que mañana.
“Afuera solo el mundo” me dijo solo a mí un tal Gabo Ferro. Un nombre, una voz, una libertad ensimismada para esta mañana pegajosa. Gelatina.
Corazón viajero, dejá todo y andate.