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Literatura

Cambio de suerte

De Claudia Feld, editorial Batata libros

1 de abril de 2026 - 11:05

Por Mauro Peverelli

El frágil equilibrio de una sociedad pendular, que pareciera haberse acostumbrado a las pobres alternativas de estar siempre a punto de derrumbarse o de perpetuar su agonía, es el marco donde estas historias encuentran el ámbito para su desarrollo. Un conjunto de relatos que utiliza los elementos de esa realidad saturada para llevar al límite las aptitudes de percepción de sus personajes, y donde es posible presenciar cómo las cosas están todo el tiempo a punto de perder su condición y dejar de ser lo que son para hacer latir el pulso de lo incomprensible.

De esta manera vemos como en La visita, dos hermanas acorraladas por el calor y el hambre, en un viaje interminable en tren hasta la provincia de Corrientes, sucumben a la evidencia de que su destino se vuelve inalcanzable. Encerradas en esa situación de asfixia, donde la realidad ya no responde y no propone ninguna salida, los límites de contacto con lo circundante se amplían para sentir que ambas consiguen formar parte de algo que jamás se alcanza a ver cuándo lo cotidiano se cristaliza: “Tina estaba parada frente a la luz. No era un fuego sino algo que resplandecía en la noche, un montoncito blanco, fosforescente, que salía del suelo. Tina lo miraba fijo y parecía no haberse dado cuenta de que Julia había llegado. […] Frente a ellas, un costillar enorme, a medio enterrar, como iluminado por dentro. Julia se sintió pegada a la noche, llena de esa noche y, por un segundo, no supo quién estaba vivo de los tres. Tina, Julia, el costillar, todo parecía perdido en un espacio oscuro que se hundía en la tierra y las arrastraba hacia abajo o las mandaba lejos, al cielo estrellado que se las comía”.

Se asiste a una suerte de experiencia de comunión, donde los límites de lo perceptivo se vuelven difusos, y el estado de conciencia deviene más abarcativo y pierde su propia referencia, al punto de no distinguir la entidad desde la que es proyectada: “Por un segundo no supo quién estaba vivo de los tres”.

Un influjo que atraviesa los relatos y que va encontrando cierta densidad narrativa allí donde lo real solo ofrece austeras y pobres evidencias. Hay cuentos como Suárez, en el que se narra la precisa y detallada rutina de trabajo de un portero de edificio, quien se ve acorralado por una lenta y dolorosa metamorfosis después de un fatigoso día de trabajo. O Dormir afuera, donde un perro vagabundo olfatea el aire persiguiendo a una mujer y es testigo obligado del derrumbe de una sociedad que no encuentra la salida. También El asado de Mabel, una taxista con un extraño pasajero se encuentra atrapada en un laberíntico recorrido donde, como en la vida, se nos muestra y se nos esconde todo el tiempo la puerta de salida. O El mano negra, texto de aproximación certera a un marco de extrema pobreza. Aquí vemos a unos chicos, a los que ni el absoluto desamparo consigue apagar del todo su espíritu de aventura y su inocencia, pero también cómo la miseria y la violencia conviven de una forma tan natural que en ciertos momentos del relato prevalece la noción de que se trata del estado corriente de las cosas.

La literatura argentina cuenta con una larga tradición de narradores con una mirada donde se cuestionan los alcances de la sensibilidad con que sus personajes se enfrentan a lo real. En el siglo diecinueve Eduardo L. Holmberg o Godofredo Daireaux, con sus herramientas, se podría decir que inician ese camino y sientan las bases de una literatura que será muy rica en el siglo siguiente. Los relatos de Cambio de suerte aparecen más en sintonía con, por ejemplo, un texto como Ser polvo de Santiago Dabove, donde la conciencia del personaje va registrando su paulatina descomposición para al fin verse convertido en tierra. Al igual que en el cuento de Dabove, no existe en estos relatos la marca de asombro, el hecho o el episodio donde lo extraño irrumpe sino que, por el contrario, y gracias a la pericia narrativa de la autora, jamás alcanzamos a distinguir el momento donde lo sensible enriquece los márgenes de la precaria situación a la que se asiste.

Precisamente allí radica la potencia de estas historias, en la exactitud y la pericia con que se va calibrando el tenor de una atmósfera donde madura la intriga, y en todo lo que de ella después surge, una realidad que se arrima a los bordes de su condición, pero no para regodearse en devaluadas evidencias de lo extraño, sino para plantear su propia porosidad y ponernos de frente al desafío de asumir las variadas formas de la intemperie como una aventura, y no como una evasión o un escollo. Un libro de cuentos que aporta una mirada que expande el alcance de la lengua, una visión original sobre el desmoronamiento crónico de la sociedad.

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