Urgencias, pañuelos blancos y una localidad con corazón de pueblo

por María Isabel Fernández*
viernes, 1 de junio de 2012 · 00:00

Llegué a La Lonja con mi familia en el año 1977, en una época donde todavía pasaba el tambero por la puerta de mi casa y las vacas se metían adentro del jardín. Recibía leche fresca y verduras de la quinta de Pantaleone, un lugar emblemático, al igual que el restaurante “Acapulco” que ahora es el conocido “Don Pedro”, el almacén del pueblo, el único teléfono público, la Escuela 16, la estación de servicio y, al lado de ella, algo que siempre nos llamaba mucho la atención, un cartel que decía: Boite “La Note”.

Hoy en ese lugar funciona un laboratorio muy pujante y hace poco lo visité. A mí me gusta investigar las historias y vi que todavía se conservan el pasaplatos y los azulejos de la boite.

Por otra parte, en el pueblo era importante la familia Afonso, que tenía la panadería y el almacén y hoy continúa Roberto Afonso con un supermercado y un corralón de materiales.

En este contexto, la explosión de Pilar a mediados de la década del ‘90 se vivió con cierto recelo. Era demasiado avance y en cierto punto La Lonja relegó su lugar al kilómetro 50, que creció muchísimo.

La zona se fue poblando de countries y nuevas viviendas, sobre todo sobre la calle Saraví hacia el fondo. Entre ruta 8 y Panamericana había quintas enormes, con mucho verde e incluso ganado, y hoy ya queda muy poco de todo eso, con la construcción de colmenares gigantes llenos de viviendas.

La capilla San Manuel también creció y se convirtió en parroquia, con mucha actividad por parte de Cáritas y ganándose un lugar muy importante en la comunidad.

Sin embargo, los lugares emblemáticos de La Lonja, como la panadería, la farmacia o el supermercado, el centro comercial en general, siguen manteniendo el matiz de pueblo. El crecimiento del kilómetro 50 y de Pilar en general no afectó el ritmo de vida, en la localidad los vecinos se siguen relacionando como un pueblo.

En cuanto a la salud impactó muchísimo la llegada del Hospital Austral, porque cambió la atención de las urgencias. También lo hizo la nueva sala de atención primaria.

Antes, era frecuente que vinieran a buscarme a mi casa ante una urgencia. Sobre todo en la temporada de verano, he atendido muchos casos de accidentes por inmersión. Recuerdo un chiquito de cuatro años que después salió adelante; como no tenía candados ni rejas, de pronto lo tenía adentro de mi casa con toda la familia para hacerle reanimación.

Era frecuente que saliéramos a toda velocidad en el auto del paciente conmigo sacudiendo el pañuelo blanco para llegar rápido al hospital, haciendo maniobras de resucitación.

También recuerdo un 24 de diciembre a la noche, cuando en la cena tuve que salir corriendo porque me llamaron por un accidente en la ruta 8. Toda mi familia comiendo y yo en la calle con un hombre ebrio al que habían atropellado.

Cada vez que escuchaba una frenada fuerte en la ruta 8 ya sabía que me iban a venir a buscar. Todo eso se modificó con la llegada del Hospital Austral.

Mirando hacia adelante, considero que en La Lonja debemos afianzarnos más como comunidad, dejar de lado las divisiones. Esa es una deuda pendiente que tendremos que saldar, estar más unidos, más fuertes y más comprometidos, consolidando nuestra identidad como localidad.

 

*Vecina de La Lonja. Médica pediatra. Directora del Hospital Pediátrico Federico Falcón

 

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