Un paredón que no es barrera

por Paula Arreseigor de Matheos*
viernes, 1 de junio de 2012 · 00:00

Acababa de cumplir 38 años cuando vine a vivir a Pilar  junto a mi familia. Llegamos un 28 de diciembre. Unos pocos días y estrenábamos el año 1999. Luego de haber hecho “Patagonia” por 14 años volvíamos a Buenos Aires. No era fácil el salto.

Privilegiamos respirar aire, verde, extensión y la gran ciudad no era la opción más votada entre nosotros. Pilar era un lugar  conocido al que veníamos a menudo a visitar amigos entrañables que ya hacía unos años lo habían elegido. Lo que más me alegraba del cambio era poder tener un jardín lleno de plantas y la posibilidad para mis hijos de seguir creciendo en medio de bicicletas, patines, magullones en las rodillas y tardes al sol.

El precio era el del alambrado y la barrera para entrar a nuestro mundo imaginado.

Venía decidida a poder trabajar en Pilar, a no tener que manejar horas para llegar a Capital y poder estar “cerquita y al pie” del colegio de mis hijos. Un anuncio de “se necesita fonoaudióloga con experiencia en Audiología laboral” leído en el periódico local el mismo día en que llegamos me  permitió cruzar la frontera de la autopista y conectarme con el Pilar de adentro, el Pilar de siempre, con historia, el Pilar al que no veía muy preparado para soportar el avance de los emprendimientos que crecían aceleradamente en los alrededores.

También buscamos junto a mi marido que nuestros hijos hicieran deportes y actividades fuera del cerco perimetral de nuestro barrio, y nos adaptamos bien. Ellos a entender que la vida no transcurría sólo dentro del barrio cerrado y nosotros a equilibrar nuestros temores.

Con los mayores, que ya cursaban la facultad y el secundario, recuerdo haber pasado largos minutos esperándolos en el punto de encuentro donde bajaban del colectivo y llevarlos corriendo por la mañana para que no perdieran el que pasaba en horario.

Al pueblo siempre lo viví como aquel que me recordaba a la vida que hacíamos en el sur. A su vez, las posibilidades de los nuevos shoppings, hipermercados y paseos de compras me atraían. Me llamaba la atención que la gente era muy diferente en uno y otro lugar. A veces jugaba a encontrar a alguien de “country” por las calles céntricas cuando salía de trabajar. Hasta que un día pensé: ¿a mí también me verán de esta manera? Unos y otros como enfrentados, con el miedo a lo distinto, a lo no conocido, se distinguían, no se mezclaban.

Fui testigo de la batalla Kilómetro 50 vs centro del pueblo. Acá para los countristas, allá para los locales.

Creo que la realidad se encargó de mostrarnos que no es el paredón el que nos da seguridad como sociedad. Que el barrio cerrado fue una alternativa más para seguir sobreviviendo al caos de inseguridad, violencia, impunidad que nos rodea a todos: a los de adentro, a los de afuera, a los de arriba, a los de abajo, pero que no nos define como personas, sólo indica nuestra dirección postal.

No muchos años atrás, luego de un fuerte replanteo personal acerca de qué quería dejar como huella en este mundo, comencé una tarea de compromiso social junto a un grupo de personas que en su gran mayoría viven como yo en barrios cerrados, pero que, como me gusta pensar, no tienen ni su cabeza ni su corazón amurallados. Su lugar de residencia es circunstancial, su esencia como personas es estructural.

Me gustaría pensar en un Pilar dentro de 15 años más integrado, mas “pensado” desde el planeamiento urbano para mejorar la calidad de vida de todos, y no solamente como gran negocio inmobiliario sin visión del impacto que genera en la localidad. Me gustaría ver crecer a Pilar en su orgullo de que tanto unos como otros somos todos “ciudadanos” y que podemos hacer mucho por mejorar.

 

*Fonoaudióloga. Presidenta de CONIN Pilar, asociación civil destinada a combatir la desnutrición infantil 

 

 

 

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