“Empezás a comprender al otro cuando escuchás cómo fue su vida”

Junto a su familia y vecinos, Luciana Migueiz le dio impulso a la Sociedad de Fomento de Zelaya. Lleva a cabo una importante tarea social. Enamorada de su localidad, afirma: ??oNi loca me iría de acá???.

“Empezás a comprender al otro cuando escuchás cómo fue su vida”

Por Alejandro Lafourcade

a.lafourcade@pilaradiario.com

Cuando se recibió de psicóloga, Luciana Migueiz nunca se imaginó a sí misma dentro de un consultorio, escuchando a pacientes e interpretando el significado de sus sueños. Por lo menos, no como única actividad.

Criada en el seno de una familia que nunca se quedó de brazos cruzados, desde hace casi una década es una de las caras visibles de la Sociedad de Fomento de Zelaya, sitio que la ha convertido en un referente de la localidad. En diálogo con El Diario, dio sus impresiones sobre el presente y el futuro del pueblo del que, según sus propias palabras, "ni loca” se iría.

"Al poco tiempo de recibirme entré a trabajar en el Centro de Salud de Zelaya –recuerda-, y ahí ya empecé a relacionarme con formas de participación comunitaria. En ese mismo momento quise meterme más personalmente en la Sociedad de Fomento, donde ya estaba mi mamá (Lidia Montán) y mi familia. Tradicionalmente siempre participaron en diferentes proyectos comunitarios”.

El inicio fue allá por 2008, cuando en la Sofo (tal como se conoce a la entidad) estaba finalizando un convenio con Escuelas Municipales. "Hicimos un diagnóstico comunitario para relevar cuáles eran los problemas de la comunidad, y lo que todo el mundo decía en las diferentes entrevistas era que los chicos no tenían espacios donde estar, ninguna actividad. Solamente se juntaban en las plazas, alguna que otra cosa, pero no había ninguna oferta como para que los pibes pudieran tener un espacio de pertenencia”.

Luciana y compañía empezaron con el proyecto comunitario "El Galpón de la Sofo”, en 2010, que nació de la articulación del trabajo de la comunidad con Atención Primaria. Además, lograron un reconocimiento en 2013, al ganar un premio nacional en el Congreso Nacional de Atención Primaria de la Salud, llevado a cabo en Mar del Plata, a partir de su proyecto de capacitación e inclusión de niños, jóvenes y adultos, entre 180 postulantes.

Desde ese momento hasta ahora, "la Sofo fue cambiando en función de las personas que se van acercando, y de quienes integran los diferentes grupos. Los ejes que lo atraviesan son los mismos: favorecer espacios de expresión y fomentar la creatividad, herramientas que sirven para diseñar un proyecto de vida diferente”.

Derechos

El conocimiento más profundo de la localidad se fue desarrollando con la labor social, siempre teniendo en claro el objetivo: "Cuando empecé a trabajar en el Centro de Salud hice la especialización en problemáticas comunitarias. Me mandaban chicos de la escuela con problemas de conducta, para hacer tratamientos, pero no tenían demanda de tratamiento. A partir de ahí fuimos generando un espacio alternativo, un espacio de radio, de teatro, a partir de esos ámbitos culturales tocamos problemáticas que ellos estaban atravesando”.

Por eso, Migueiz reafirma que "siempre lo que intentamos a través de la Sofo es acercar ciertos derechos que no eran accesibles: Zelaya es un pueblo que está a 17 kilómetros de Pilar, y la realidad es que hay ciertas cosas que cuesta bastante que lleguen. Si los chicos no tienen taller de teatro en la Sofo, tienen que viajar. Aunque el Lope De Vega sea municipal, hay que viajar en colectivo. No es una posibilidad real para ellos, por eso el desafío es generar un espacio de interés acá”.

Y agrega: "Eso nos fue llevando a hacer actividades para los pibes y sus familias. Al principio iban muchos niños y adolescentes, pero después el resto se fue integrando. Se fueron integrando mujeres en situaciones de vulnerabilidad, y hoy en día no hay un público en el que hacemos foco: a las clases van todos los que quieran participar y se va formando una convivencia. El que va llegando se siente parte, la comunidad no se sectoriza”.

A su vez, la joven asegura que "hay un pensamiento de que la persona es pobre porque no se esforzó lo suficiente, y en realidad tiene que ver con las oportunidades que tuvo a lo largo de su vida. Empezás a comprender al otro cuando escuchás cómo fue su vida. Los vecinos se están descubriendo y ven que tienen una historia común”.

Herencia

La Sociedad de Fomento de Zelaya no es un espacio subsidiado, ni está sostenido por aportes de algún privado, sino que funciona a través de la autogestión. "Cuando la gente se acerca es necesario que pueda ver qué se puede hacer por el otro. Lo más difícil es que cada uno se vaya comprometiendo en lo que pueda, siguiendo de un camino en común”.

Ya pasaron casi diez años del inicio del proyecto, y son varios los adolescentes y adultos que llegaron a la entidad siendo niños. Con miras al futuro, Luciana expresa: "Tengo la esperanza de que la nueva comisión de la Sofo esté conformada por los pibes que vienen acá. Hoy algunos dan talleres, y me gustaría que muchos de ellos sean los que sigan multiplicando el lugar”.

En su lugar en el mundo, asegura en forma tajante que "ni loca me iría de Zelaya, por el contrario, a todo el mundo que conozco le recomiendo que se venga a vivir acá. Me encanta salir al pueblo y saludar a la gente, que saluda aunque no te conozca. Por suerte todavía estamos tranquilos”.

"Mi miedo es que se disuelva el sentido comunitario”

-¿Cómo ves hoy a Zelaya?

-Sigue teniendo algunos problemas de conectividad, como siempre tuvo. El tren no mejoró en los últimos 20 años. La última vez que me lo pude tomar fue hace diez años, tardé una hora y media para llegar a Victoria y luego no pude volver porque no había tren… Desde que éramos chicos hasta esta parte, llegaron varios barrios cerrados, al principio nos parecía que se iba a perder algo de la ruralidad de Zelaya. Pero el otro día hablando con una vecina que se mudó hace muy poco, me decía que algo que le gustaba de la localidad es que la gente la saludaba. Todavía hay cierta esencia de pueblo que no se perdió, vas caminando por la calle y ves caballos, alguien te cuenta que una vaca le comió las flores del jardín… Se lo decís a otras personas y no te creen (risas) Está a 60 kilómetros de capital y tiene esencia rural, me gustaría que se conserve mucho tiempo más.

-¿Y en cuanto a la situación social?

-Hay necesidades básicas insatisfechas en general, lo vemos en las familias que van a la Sofo. Muchas vivían de changas y hoy eso se vio acotado, todo lo que es la economía informal fue muy afectada, y nos abre un desafío nuevo: población que está pasando por una situación crítica, con problemas que no estábamos teniendo, por lo menos no tan profundamente.

-¿Cómo aspirás a que sea Zelaya en un futuro?

-Espero que la gente que sigue llegando tenga ganas de que Zelaya siga siendo una comunidad. A veces alguien se muda a un barrio cerrado y cree que la localidad es su barrio, mi miedo es que se disuelva el sentido comunitario, pero por ahora eso no ocurre. Me gustaría ver de qué manera se podrá satisfacer la demanda de un edificio propio para la Secundaria. Si el pueblo no tiene acceso a la educación pública de calidad, el resto se va a ver más complicado.

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