Editorial

Percepciones

Por Esteban Eliaszevich

Percepciones

Cada viaje que hago por Patagonia garantiza algo para contar.

Parte de ello fue Puerto Deseado, ya que permite apreciar naturaleza en estado salvaje, proveyendo imágenes y sensaciones que superan lo que pueda trasmitir un documental de la National Geographic o Animal Planet. Observar otras especies en su hábitat dispara mil sensaciones, y compartirlas, es un llamado a congraciar con su esencia.

La otra parte del cuento, fue mi regreso desde allí.

Por unas horas más de sueño prescindí del micro que unía Puerto Deseado-Comodoro Rivadavia, confiándome en la aventura y la buena fortuna para llegar a horario.

De hecho, la gente del hotel me contactó con la persona encargada de repartir el correo privado entre estas dos ciudades un par de veces a la semana, quién accedió a llevarme con beneplácito. Este mensajero llamado Teobaldo, era alto, desgarbado, de cara fina y gastada, y en su mano izquierda tenía solo dos dedos, que eran como una especie de garfios que jugueteaban con el volante. Me dijo que su camioneta no funcionaba muy bien, cosa que comprobé en cuanto arrancamos presintiendo que no llegaría en hora a mi vuelo, interrumpiendo el conteo de su vida desde que nació hasta ese día.

Anduvimos a través de un paisaje que dibujaba mesetas profundas repletas de matas grises y secas, y vegetación achaparrada, interrumpida solo por las poderosas cigüeñas, así llaman a los extractoras de petróleo, que se repetían como íconos patagónicos, igual que el toro de Osborne en las mesetas españolas.

Entre mates, andar lento y silencios amigables llegamos hasta Fitz Roy, donde la camioneta detuvo abruptamente su marcha, a la entrada de una estación de servicio, augurando malas.

Teo intentó revivirla de mil maneras posibles, hasta que paso a disculparse sintiéndose con culpa de no dejarme a horario, cual encomienda, y sugerir que pida un aventón a los automovilistas que allí se detenían.

Compré unas pocas provisiones y me paré junto a la ruta, esperando llegar a destino.

Al cabo de un buen tiempo un matrimonio joven a bordo de una camioneta 4x4 accedió a mi demanda y me llevó hasta Caleta Olivia, final de su recorrido, donde puede ver como el cielo se pinta de rojo eléctrico junto a los acantilados que se acarician con el Mar Argentino. También allí, parado junto a la ruta, la noche comenzó a marcar su presencia, mientras mi avión remontaba vuelo hacia Buenos Aires.

Perdido ese vuelo surgen estos paisajes y personajes, terminados de escribirse en una estación de servicio de Comodoro Rivadavia, que son parte de nuestra Patagonia; tierra de aventuras que siempre da historias para contar.