OCTUBREANDO

Hacer lo recto

por Horacio Pettinicchi lithorachi@gmail.com

Hacer lo recto

“Ocurre simplemente que me he vuelto inmortal. Los colectivos me respetan. Se inclinan ante mí. Me lamen los zapatos como perros falderos. Ocurre simplemente que no me muero más. No hay angina que valga, no hay tifus, ni cornisa, ni guerra, ni espingarda. Ni cáncer, ni cuchillo, ni diluvio. Ni fiebre de Junín, ni vigilantes. Estoy del otro lado. Simplemente, estoy del otro lado. De este lado. Totalmente inmortal. Ando entre olimpos, dioses, ambrosías. Me río, o estornudo, o digo un chiste. Y el tiempo crece, crece como una espuma loca. Qué bárbaro este asunto. De ser así, inmortal. Festejar nacimiento cada cinco minutos. Ser un millón de pájaros. Una atroz levadura. Qué escándalo caramba. Este enjambre de vida. Esta plaga llamada con mi nombre. Desmedida, creciente. Totalmente inmortal. Yo tuve, es claro, gripes, miedos. Presupuestos. Jefes idiotas, pesadez de estómago. Nostalgias, soledades. Mala suerte…/ Pero eso fue hace un siglo. Veinte siglos. Cuando yo era mortal. Cuando era tan mortal. Tan boludo y mortal que ni siquiera te quería. Date cuenta”. (“Inmortalidad”).
Humberto Constantini nace en una familia de origen judeo-italiano. Médico veterinario, ejerció por poco tiempo su profesión en  Lobería. De regreso a Buenos Aires, se desempañe como veterinario, vendedor, ceramista, investigador, etc. A la par de ejercer estos oficios escribía, corregía, volvía a escribir diariamente, con una disciplina férrea, “atornillado a la silla”, como solía decir. Su primer libro de cuentos, “De por aquí nomás” se publicó en 1958 y a partir de allí su larga bibliografía abarca casi todos los géneros. Desde joven se involucra en la militancia política, en su época de estudiante se enfrenta con los fascistas de la Alianza Libertadora Nacionalista, luego se aleja del Partido Comunista por serias divergencias con la conducción burocrática y prosoviética. Consecuente con su “hacer lo recto” y su profunda admiración hacia el Che Guevara, en los años 70 milita en el Partido Revolucionario de los Trabajadores junto a escritores como Haroldo Conti y Roberto Santoro. Escribe, entre sobresaltos y escapadas, en casas clandestinas, a horas impensadas, la novela “De dioses, hombrecitos y policías”, que publica en México -tras su forzado exilio- con la que obtiene el Premio Casa de las Américas.
“¿Qué pretendo yo con mi poesía? Bueno, es tan fácil macanear en este tipo de declaraciones ¿no? O esquematizar. O decir una cosa por otra. O desembuchar las ideas que uno tiene sobre estética, o sobre política, o sobre la filosofía del arte en general…Pero me parece que sin querer se me escapó algo que es cierto. La poesía sirve para no macanear…”. (fragmento de “Declaración jurada”). 

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