OCTUBREANDO

Angelnorahcustodio

por Horacio Pettinicchi lithorachi@gmail.com

Angelnorahcustodio

“Oscurece. El silencio/ De las cosas ya cansadas/ Pone apuro en las tinieblas/ Aguardo –entre las sombras–/ Corona de palabras tuyas/ Para ceñir la espera/ ¡Sueños de otros lugares!/ Afuera oscurece. Adentro, en el corazón que es grande/ Como el tiempo/ Otro poniente nace./
¡Poniente del corazón!/ Cumplida ya la luz/ Como mi espera/ Somos un mismo poniente,/ Adentro, y afuera…”. “Poniente doble” (de “La calle de la tarde”, 1925).
Toda la literatura de los años veinte se daba cita los sábados por la tarde en Pampa y Tronador. Imperdibles eran las tertulias dadas por la excéntrica y liberal pelirroja Norah Lange, hacedora de desopilantes discursos.
La que fuera “angelnorahcustodio”, musa y compañera de vida del inmenso poeta Olivero Girondo, y amor juvenil  de Borges. Tertulias estas, donde ellas y sus hermanas fueron inmortalizadas por Leopoldo Marechal como las hermanas Amudsen en su ya mítico Adán Buenosayres.
Vinculada primero al Grupo Martín Fierro y luego a Proa, su presencia fue muy significativa en el mundo de las letras, específicamente en su marco histórico y geográfico, dado que no era común que una mujer se dedicara a la narrativa y que participara de una manera tan activa de una actividad que todavía al día de hoy sigue estando fuertemente ligada al machismo.
Espíritu juguetón e iconoclasta recibió críticas adversas por su falta de decoro y la carga erótica -absolutamente  inédita en esa época- en su novela “45 días y 30 marineros”, donde narra las artimañas que recurre su único personaje femenino manteniendo a raya a treinta hombres en un viaje por mar a Noruega.
Lange ha quebrado el canon que sofocaba a la mujer escritora de comienzos de siglo veinte ganándose un merecido lugar en la literatura argentina.  
“Vacía la casa donde tantas veces/ las palabras incendiaron los rincones./ La noche se anticipa/ en el plano mudo/ que nadie toca/ Voy a solas desde un recuerdo a otro/ abriendo las ventanas/ para que tu nombre pueble/ la mísera quietud de esta tarde a solas/ Ya nadie inmoviliza las horas largas y cerradas/ tanto pudor de niña/ Y tu recuerdo es otra casa/ Y mis latidos forman una hilera de pisadas/ grande y quieta/ por donde yo tropiezo sola/ que van desde su puerta hacia el olvido”. (“Tarde a solas de Los días y las noches”, 1926).

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