OCTUBREANDO

Del otra lado de la frontera

por Horacio Pettinicchi lithorachi@gmail.com

Del otra lado de la frontera

Dicen que si caminás por el antiguo sector del cementerio de La Paz (Bolivia) te ganará el asombro ante un nicho humilde que lleva el número 24, donde, a diferencia de otros, nunca hay una flor, solo botellas de singani u otro licor. Es la tumba de Víctor Hugo Vizcarra, a donde fue llevado por cuatro putas, algún malandra y un escaso puñado de amigos. 
Cuenta que también suele vérselo en el Cementerio de los Elefantes, la conocida traguearía de Doña Hortensia, lugar éste donde van los que quieren suicidarse bebiendo sin parar, les sirven a los suicidas en un balde plástico de dos litros y lo dejan en una piecita sin ventanas, que cierra con candado, por si se arrepiente. Ya cumplido su deseo nunca faltan voluntarios para depositarlo en un nauseabundo callejón donde a la mañana será recogido por la “furgoneta de homicidios” en su diaria recorrida por los suburbios.
Otros lo han visto por las sombrías calles de La Paz, ebrio, con sus lentes desaparecidos, sus quejas y tristezas, encorvado, mal trajeado, caminando entre sus putas, mendigos y ladrones amigos, empinando cada tanto un trago de su “soldadito” (envase pequeño de alcohol 90º, con tapa verde), sin dejar de murmurar: “Soy Víctor Hugo Viscarra, antropólogo especialista en antros. Vivo en la calle y nunca tengo plata. Soy un pobre muerto de hambre. Entonces, ¿qué más realidad que esa para escribir?” 
Víctor Hugo Vizcarra vivió en un albergue de niños, fue novicio en un seminario, militó en las juventudes comunistas, trabajó en la Aduana de un pueblo fronterizo, también en la Casa de la Cultura de Cochabamba pero no soportaba ser burócrata de oficina y cuando un psiquiatra le sugirió que escribiera sobre su vida, lo hizo, a más de beber con ejemplar disciplina.
“Y fue ese mismo alcohol el que en un momento dado nos transformó de dos seres humanos, en dos animales en celo; y el baño de dicha cantina, sucio y pestilente, donde se conjugaban vómitos y porquerías, se convirtió en nuestro tálamo nupcial. Tú te recostase sobre el inodoro, y mientras una de tus manos se aferraba a mis espaldas, con la otra sujetabas el picaporte de la puerta, mientras me susurrabas que me apurase porque alguien podía sorprendernos en pleno cachivache”. 
Vizcarra o el “Bukowski” boliviano, como se le conocía, fue un narrador de las capas más sumergidas de la sociedad urbana de La Paz, de la marginalidad y los bajos fondos. 

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