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Había una vez una era

Había una vez una era


Por Carla Chomer


Estamos en la era de las Kardashian (para el que no las conoce, serían como Paris Hilton, pero muchas y morochas. Y para el que no conoce a las K ni a Paris, te felicito hermano, seguí así). ¿Ke decimos de la era K? (Kardashian me refiero, por si te estaba confundiendo). La estupidez se ensalza. Ser una soberana idiota es un gran lujo en la sociedad actual, que se compensa con creces. Pero más que hablar de la familia K me gustaría hacer una crítica a la alimentación cibernética que manipula al público más vulnerable de la sociedad. La falta de curiosidad se alimenta cada vez más en los jóvenes que crecen con sus aparatos móviles, gps, siris y demás cosas que les resuelven el hecho de tener que utilizar el cerebro.
“En mi juventud no estábamos expuestos a las cosas que ahora están expuestas los chicos. Los niños no monitoreaban día a día lo que viste Kim Kardashian ni a dónde se va de vacaciones Kanye West, y tampoco se pensaba que eso significara ser exitoso”, Barack Obama, ex presidente de EE.UU.
La falta de motivación y la difícil tarea de ser uno mismo se ha naturalizado y las etiquetas nos llevan a un suicidio en masa. Suicidio de neuronas y de personalidades. El qué dirán se ha convertido en tan importante que ya uno pierde el foco de lo real y sincero.
Ver un atardecer y disfrutarlo ya no es tan importante como el tener el teléfono para sacar una foto y elegir el filtro indicado. Mientras elegimos el filtro, el sol se fue, y si no tenemos batería, mamita, puede llegar a ser un problema que afecta en su defecto el bello momento.
El no pensar por cuenta propia. El decir sí por facilísimo, el no buscar tu propia identidad, el seguir las “reglas” del juego en cuanto a vestimenta, dialecto, o mismo el catálogo de quien es cool, quien es grasa y quien es exitoso, sacando conclusiones por ser “amigos” en Facebook o Instagram y solo conocer sus “yo´s virtuales”, posteos, o cuantos seguidores o likes tienen sus fotos. 
Una locura para algunos, una realidad para otros.
Los nacidos digitales, que no conocen que es una Guía T, que sin batería sus vidas no tienen sentido. A ellos que no son culpables de este exceso de información digital, a ellos que a veces no son ellos; somos nosotros. A este grupo de humanos de la nube, nos invito a reflexionar.
Por otra parte, no me quiero dejar llevar por la rabia que me genera el abuso de estos magníficos avances tecnológicos, sino más bien, tratar de entender el modo en el que abusamos de estas herramientas, que en su uso desmedido nos terminan perjudicando y haciéndonos pasar por alto la realidad, absortos en nuestras pantallas como zombies viviendo sin vivir.
Escribo desde un lugar en el que me identifico con los millennials en ciertos aspectos. Aunque nací en una casa donde no había computadoras ni celulares, los avances tecnológicos y yo fuimos creciendo a la par. Pero sin irme tanto por las ramas, escribo desde un lugar en el que pude comprender el disfrute de alejarme de vez en cuando de las redes. De ser activa pero no adicta. No voy a mentir; fue una toma de decisión. Una lucha contra ese aparato. Salir a comer y no sacar el teléfono. Disfrutar una luna llena sin pensar en la foto... Como dije antes, una decisión. 
Para esto es necesario poner las prioridades en orden. O al menos un poco... No dejar que contenido de lo que uno ve, lee o escucha, le afecte su pensamiento me parece principal.
Porque no es la tecnología el punto concreto de mi crítica, si no el exceso de información o desinformación que hay en ella.
Voy a dar por obvio, (más allá que en algún momento un profesor de Comunicación me repitió mil y un veces que la obviedad no existe) todo lo bueno que trajo el internet en cuanto al acceso a aquello que de otra manera sería difícil de conocer.
Ahora bien, pensemos en un futuro mejor: ¿Cómo hacemos para revertir estos “malos hábitos” que hemos naturalizado y canalizar todas las posibilidades que la tecnología nos brinda sin caer en la adicción y la comodidad de no tener que usar la cabeza para nada?
Propongo legislar un día “libres de tecnología” en la Argentina y ver qué es lo que sucede. Esto me lleva a recordar el día en el que el sistema de WhatsApp cayó durante tres horas, el 7 de mayo de este año, y los trastornos que esto generó en una sociedad completamente acostumbrada a la eficacia y rapidez de esta aplicación que resulta demostrar que más que costumbre es una adicción. 
Me gustaría también entrar en el tema de la comodidad que le generamos a quienes gobiernan al ser adictos a algo que es completamente legal y bien visto. Como cualquier otra adicción, nos pone vulnerables. Y más fácil manejar a una sociedad adicta, que a una pensante, claro.
Sócrates fue mandado a matar por el simple hecho de pensar distinto en la Grecia antigua, donde el pan y circo eran un efecto claro para gobernar en “paz”. Pero me fui de tema...
La moda, ayer, hoy y mañana, va a ser siempre la felicidad. l

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