Soy Mano

Zapatos y muelas

Zapatos y muelas
 
por Víctor Hugo Koprivsek 


Cuando los zapatos te aprietan es cosa seria. Porque te cambia el andar.
Dicen que llevándolos al zapatero le meten adentro una especie de "algo” que te los estira o agranda.
Conozco el caso de una persona muy allegada que vio unas chatitas hermosas, único par, le quedaba chico pero se los compró igual y los usó para ir a un recital.
Fue tanto el dolor y la incomodidad que a la hora y media se desmayó. Primero le bajó la presión y después se sentó en un rinconcito y se desmayó.
Los pequeños dolores del cuerpo suelen ser dimensionados sólo por el que los padece.
El dentista te entrega la muela que te tuvo cinco días sin poder dormir con toda la cara hinchada y los ojos desorbitados. Tu familia detonada porque vio tu mutación, vio cómo te fuiste transformando en un ser despreciable, hincha huevo, violento con vos mismo, te vio darte la cabeza contra la pared del living, hacer gárgaras de alcohol, dar de puñetazos a la mesa, llorar, gritar, putear, en fin.
Hasta que al final tomaste la decisión, fuiste al dentista y sin preámbulo todo despeinado y con la mirada torcida le pedís que te la saque, no querés recuperar nada, no querés que eso siga en tu cuerpo, en fin, la dentista te la saca y la coloca en la palma de tu mano, algo pequeño e insignificante.
¡Cómo carajo es posible semejante dolor al ver tan pequeña cagadita, rota, picada y partida! Así son muchas veces las enseñanzas de la vida, dolorosas y desproporcionadas.
Por eso la alegría fue tan celebrada en los pueblos ancestrales del barrio Toro de Presidente Derqui cuando las quintas de verdura ocupaban largas extensiones de estepa y florecían los repollos en las márgenes del pueblo.
Cuentan que en las noches de luna agujereada, los vecinos se juntaban debajo del ombú más antiguo a fumar telas de araña y entonar las alabanzas necesarias hasta que el cielo se nublara y se largara la lluvia.
No lo hacían por la cosecha, lo hacían por el olor a tierra mojada que al otro día perfumaba todo el desayuno entre niños correteando y cielo transparente con jilgueritos cantando y el silbato del tren a lo lejos trayendo la esperanza de una nueva jornada de trabajo.
Lo hacían por eso nomás.
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