Soy mano

Silbando

Por Graciela Labale

Silbando
Recuerdo a mi viejo y a mis tíos, mientras caminaban por la calle, en su llegada a la casa o en el viejo patio de recurrentes malvones, silbando tangos y milonguitas, la música que anunciaba algún programa de radio o la "prohibida” marchita.
Es un sonido que ya no se escucha, que sabe a nostalgia de un tiempo que fue. Un sonido acompañador de soledades cuando la calle quedaba desierta y había que apurar el paso para tomar el último bondi.
"Y, desde el fondo del Dock, gimiendo un lánguido lamento, el eco trae el acento de un monótono acordeón, y cruza el cielo el aullido de algún perro vagabundo y un reo meditabundo va silbando una canción.” 
Días pasados, divagando en el taller "Perdón por la poesía” hablamos de este "sonido en extinción” y todas teníamos las mismas vivencias, la misma nostalgia, los mismos recuerdos. Y fue Graciela Vergani quien lo pudo llevar al papel, tras vivir una experiencia que trajo a cuento.
"Una tarde cualquiera, un paseo por mis calles, gente apurada, bullicio. Sonidos que no registraba, nada alteraba ni daba brillo o demasiado entusiasmo a mi paseo.
Delante de mí caminaba un señor, lucía desalineado y sostenía bolsas en sus manos. Llevaba un andar lento, el torso inclinado hacia adelante, zapatos gastados y pelo cano. Sin darme cuenta su figura me atrapó. Aceleré el paso y estando aún detrás de él escuche claramente cómo interpretaba una melodía sin más instrumento que su silbar, comencé a caminar más lento, su silbido me atrapaba y no sabía por qué. Era fuerte, armonioso, alegre. Nada le importaba más en medio de ese caos de ruidos, motores gritos y polvo. Era él y su melodía.
Me provocó ternura y respeto, se lo veía tan libre, tan calmo, la música marcaba su andar. Volvió hacia mí y pude ver la expresión de sus gestos mansos, despreocupados. Apuré mi paso y al pasar a su lado me sonrió y en forma de saludo tocó el ala de su raído sombrero. ¿Por qué llamó tanto mi atención? Algo me recordaba. Pero qué. Poco tiempo pasó hasta darme cuenta. Imágenes y añoranzas fueron las que me provocaron tanto asombro ante un hecho que quizá nadie más percibió. Recordé mi pueblo, uno que hace mucho partió. Uno de calles polvorientas, vecinos amables, puertas abiertas y gente que silbaba en las calles. Silbaba el lechero, silbaba el almacenero, el médico, el que barría las calles y tempranito nos despertaba con su sonido, pero sobre todo silbaba mi padre de vuelta a su casa, cuando trabajaba, cuando escuchaba música por la radio. Hoy nada de eso quedó, grandes y modernos edificios ocupan lugares emblemáticos donde había casas bajas que nos permitían ver el horizonte o el patio del vecino. Es triste pensar que cambiamos un pueblo de músicos, por uno de cemento, donde la única música que se escucha es el estruendo incesante del progreso”. 
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