La Villa de Merlo



CULTURA | 



Por Graciela Labale


“…De nuevo, nuevamente, como hace tres mil años, hablemos la lengua que comprendan el corazón y los nervios humanos, el idioma secreto de la Vida, donde cada vocablo tiene olor, y calor, y sabor como las frutas en verano y acaricia la boca que lo vierte, y la oreja que lo recibe, y la cuerda del aire donde el eco continúa vibrando.
…Retornemos al Pueblo, recuperemos cantando la confianza del Pueblo que perdimos sirviendo a los amos, divirtiendo a las damas melancólicas, lamiendo látigos, vendiéndonos, mintiendo, traficando.
…Y salgamos por las calles del mundo a caminar de nuevo entre los hombres; salgamos, por los caminos donde llueve luna y sopla el libre, -oh, todavía libre- joven y verde vendaval del campo; salgamos por las calles del Mundo, mendigando un mendrugo de pan
y otro de sueño; salgamos a golpear en las puertas,
con un tímido golpe, en toda puerta, para dar nuestro Canto.
…Y yo, el Poeta, seguiré cantando: un canto que nombre la esperanza; viento y marea de pájaros; cigarras sentidas en la siesta; la fatiga de espaldas sobre el pasto; las miradas estrellas que nos miran; el minero cuando quiebra el cuarzo; las nubes que pasan con la lluvia
sobre desiertos de metal quemado; sembradores que siembran con el alba; cosechadoras de racimos claros;
muchachas y el nombre que dibujan sobre la almohada del horizonte blando los ríos y el cielo sobre ríos;
el festival de los álamos; arroyos que fluyen entre piedras
el deseo que asciende y el abrazo…”*
Merlo nos recibe con la palabra de su máximo poeta, Antonio Esteban Agüero, quien describe como nadie cada rinconcito de su pueblo natal y con la delicadeza de las pinturas de Palmira Scrossopi. Ambos con sus casas convertidas en espacios culturales vivos, activos, profesionalmente guiados, en particular el de la artista plástica, en que Carmen, la doña del Museo, relata con calidez, sapiencia y pasión no solo la vida y obra de la mujer sino la cotidianeidad de ayer y hoy de la Villa.
Por ahí anduvimos las tres compinches, descansando y enhebrando sueños, buscando esa paz que te niegan las ciudades.
Y así con el murmullo singular de los arroyos que acarician los pies, el canto de pájaros atrevidos y cercanos, las piedras y sus espejos, el silencio que imponen los verdes y el abrazo de las palabras amigas intentamos aquietar la insistencia de la razón.

*Antonio Esteban Agüero.


 

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