Percepciones

Por Esteban Eliaszevich.

EL-VIAJERO | 


Me encanta Río de Janeiro. La conocí en 1986 y en estos más de treinta años la visité una veintena de veces. Y nunca me defraudó. Al contrario. Cada vez que voy la veo mejor y la paso genial.

Me gusta el carácter alegre de su gente, las manifestaciones culturales y la posibilidad de vivenciar eventos memorables como Reveillon o Carnaval, que la diferencian en todo el mundo.

Además de ello, me agrada la cantidad de personajes ilustres que reflejan su genialidad: Ronaldo, Romario, Zico, Jairzinho y Didí, entre otros, deleitaron en fútbol. Tom Jobim, Vinicius de Moraes, Chico Buarque, Milton Nascimento y Marisa Monte, en la música; Paulo Coelho, en las letras, y Oscar Niemeyer, en arquitectura y paisajismo. Todos admirables. Como su playa y mar. Porque es allí, donde el sol calienta las arenas y el mar agitado muere en olas estruendosas, que Río es única e inimitable.

Durante mi reciente estadía note que Lucia, así escuché que la llamaban todos, es de las primeras en bajar a diario a la playa. Tiene 65 años y una piel dorada que deja ver un bronceado envidiable. A ella se le unen otras señoras de su edad, o al menos lo aparentan, con el correr de la mañana. Edith, solo escuche su nombre, dice que se queda un rato, ya que tiene que ir a cuidar un nieto. De a poco empiezan a congregarse otros feligreses. Una madre joven que se sienta con sus dos hijas y un abuelo, y otro matrimonio que lidia con los críos y la sombrilla.

Están los que corren por la orilla, los caminantes, los que se desperezan en la arena, y los que terminan abrazados con el mar. Hay gente jugando al fútbol de a dos, de a siete, o haciendo un loco sin que caiga la bocha. Unas chicas saltan y golpean con fiereza la pelota, entrenando beach volley. Hay vendedores ambulantes de todos los productos imaginables; camarones, bebidas, sándwiches naturales, bikinis, pareos, anteojos, y artesanías diversas. Marcan con su ida y vuelta, una recorrida que denota la intensidad de las jornadas. Hay gente juntando latas y turistas blancos como la leche que ni siquiera los miran. Una pareja de estudiantes se dan sus primeros besos candorosos, empapándose en la orilla.

Se ven oficinistas aprovechando su rato de descanso contemplando alrededor, y empleados de un Mc Donalds cercano, que se acuestan en la arena cuidando sus uniformes. Las amigas de Lucia comienzan a despedirse, ya que una sube a almorzar, y otra a trabajar, mientras hay gente que sigue corriendo, y otra revolcándose en la arena. Las horas pasan y las caras cambian, pero la actitud no; todos gozan el íntimo contacto que regala la naturaleza de Río de Janeiro. Y la misma rutina se sucede en Leme, Copacabana Ipanema, Leblon, San Conrado o Tijuca. Vivenciarla, entre chapuza y chapuza, es el mejor regalo que se trae el visitante.

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