Un camino chiquito

Por Víctor Hugo Koprivsek

CULTURA | 


Soñar un camino chiquito, un sendero de paz. Uno de esos que cruzan por el barrio para acortar distancias rumbo a la escuela o el trabajo. Con árboles y pájaros que ni imaginan lo que es perder la libertad.
Un camino chiquito de esos donde uno se puede cruzar, por la mañana temprano, por ejemplo, a la doña con la bolsa de los mandados y sus buenos días. Capaz un camino parecido al que está al costado de la estación Toro en Derqui.
¿Cuántos caminos así habrá en el Partido de Pilar?
Hecho de pasto, de esos que tiene apenas una huella de tanto que la gente lo cruza. Un camino que no figura en google maps ni en el gps.
Andarlo distraído prestando atención a la nada, mirando el cielo o pateando piedritas, silbando bajito con las manos en los bolsillos.
Un camino conocidos por muchos pero clandestino casi.
Famoso en cuatro o cinco manzanas a la redonda. Un caminito, asumido por los vecinos como propio, útil a la hora de llegar a algún lado.
Un camino chiquito, de esos que se vuelven querido de tan cotidiano que es, pero que al perderlo ¡Vaya que se pierde mucho!
¿Cuántos habrá en Astolfi, Manzanares, Fátima? ¿Quedará alguno? Seguro que sí. Aunque ya no estén, quizás en el recuerdo.
¿Quién de niño no anduvo por un camino así? ¿O de adolescentes? ¿o de grande?
Si alguien tiene ganas de contarme con gusto leeré los mensajes que debajo de este Soy mano, se compartan.
Estamos a fines de enero, casi en los comienzos de febrero, los días se estiran, las horas tranquilas se arenan en la siesta de los barrios, todo invita al recuerdo de lo que fue o el rescate de lo que es.
Un camino chiquito, un susurro apenas, algo cotidiano y tan lleno de simpleza que alivie un poco el devenir. Un camino chiquito, de esos que uno capaz no se da cuenta que están ahí, pero sin embargo están.

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